Crónica

Andares

POR Doris Suárez Guzmán • 21 abril 2025

11 MINUTOS

Fui guerrillera de base, es decir, no fui mando en las Farc-Ep. He olvidado, quizás por un mecanismo de defensa, los nombres de las veredas, de las personas que conocí y con las que anduve. Ahí está, sin embargo, en mi cabeza, el lodazal que me recibió hace más de tres décadas y que le mostró, a mis pies semiurbanos, de inmediato, desde el primer día, quién era quién. Me veo en la ancha oscuridad, marchando con mis camaradas; en fila, silenciosos, envueltos en sombras y aromas, guiados por el débil resplandor del culo oscilante de las luciérnagas y por una vanguardia intuitiva que aún en la más cerrada oscuridad olfateaba el peligro y conversaba frentera con la naturaleza.

Cuando fui a las escuelas de formación en los frentes vi hombres y mujeres sonrientes, alegres, a pesar de que la parca rondaba esos lugares como parte de la casa y sin aspavientos. Quizás era que tener conciencia de la finitud nos hacía menos serios con la vida. La guerrillerada se divertía, soñaba con un mundo mejor, cantaba y contaba hazañas, rebautizaba los espacios, las personas y las cosas. Esta codificación del mundo se ideó inicialmente para despistar las interceptaciones e inteligencias enemigas, pero después quedó también el gustito por sentir las cosas y las personas como algo familiar y cercano; nuestro, nombrado por nosotros. Así los veía a ellos: risueños, festivos, y yo soñaba con ser parte de ese mundo. Los mitos, como bien sabemos, son modelos que nos marcan, nos orientan y dan sentido a nuestra existencia.  

Quizás era que tener conciencia de la finitud nos hacía menos serios con la vida

Cuando me enfrenté a mi primera marcha larga terminé gastada, exhausta, desmoronada físicamente y con congoja por mi falta de destreza en el terreno. Miro hacia atrás y me veo lidiando con un par de botas que se me escapaban de los pies mientras daba zancadas de funámbula, sobrepasada por el peso del equipo y del fusil en bandolera, de tal manera que cada paso que daba era una pelea contra la montaña y una pelea contra mí misma, contra mi frustración enorme por retrasar la marcha de esa tropa que podía andar esos caminos tranquilamente, incluso a pata limpia, por trochas donde a veces ni siquiera podían pasar las mulas. Yo, en cambio, con la paciencia que da la convicción, intentaba asegurar lentamente mis zancadas entre el barro que se había formado después de varios días de lluvia chiquita. Así o más o menos hasta que no aguanté más y zas… la bota quedó estancada, el pie hundido en el lodazal; y me tocó volver a meterlo con la media pegajosa de barro y la rabia desgranándoseme en lágrimas. Continué la marcha, obviamente puteando pasito y pensando: “aquí terminaron mis aspiraciones de enguerrillarme”. Entonces, con mucha vergüenza, lo manifesté:   

—Camarada, creo que esto no es para mí. Sencillamente el terreno me quedó grande.

Ya desde entonces me gustaba el lema: “si no vas a ayudar, por lo menos no estorbes”. Así me sentía yo, como un estorbo rotundo de medias emparamadas.  

El camarada, a quien le decíamos a sottovoce “el pitufito” (no sé por qué uso la expresión a sottovoce, será porque me gustan las expresiones que a veces leo y aprendo), era un hombre pequeño y menudo con cara de misionero. Esa vez, cuando acabamos aquella primera marcha larga y reveladora, me dio lo que en Farc conocíamos coloquialmente como “una charla”, es decir, una reflexión que hace algún mando sobre un tema específico, algo así como una reconvención fraterna. El pitufito empezó a reflexionar con paciencia sobre la sacrificada historia de la lucha de los pueblos en el mundo, luego pasó a la de los marquetalianos y sin ningún reproche aterrizó suavemente en el campamento, poniéndome como ejemplo a otros camaradas que, al igual que yo, al ingresar a la guerrilla marchaban dando tumbos, cayéndose como borrachos unos cuantos metros antes de llegar al lugar de destino.

—Y ahora véalos —me dijo mientras señalaba a algunos  con satisfacción—, son excelentes guerrilleros. 

Así, mientras enumeraba y comparaba, con enorme naturalidad, como sin pretender convencerme, me hizo imaginar que algún día yo podía ser como ellos. Paciencia, trabajo y moral, fue su consejo final. 

Y me esforzaba, pero a veces tenían que empujarme el equipo para terminar de subir las largas y resbalosas cuestas de las montañas. Yo había agarrado la manía de ir preguntando en las marchas si ya íbamos a llegar. Ellos siempre me susurraban “ya casi”, y ese “ya casi” podían ser horas enteras trepando. Los guerrilleros campesinos me veían frágil, o quizás floja, pero nadie se burlaba. O al menos no de frente, y eso me consolaba. En esos momentos lo único que añoraba era un ligero reposo, lograr llegar al campamento que sabía acurrucado a enormes árboles, rodeado de agua clara, en donde iba y venía la vida ondulante; encontrar una risa, una limonada, una certeza.

En la adolescencia, las montañas colombianas tenían para mí un significado mítico. Eran un lugar de secretos, de pequeños héroes olvidados y también de caminantes anónimos que no dejaron mayor huella. Un lugar de caballeros andantes que deambulaban en un mundo jerárquico con valores cimentados en lo colectivo, que luchaban contra gigantes en medio de una naturaleza deslumbrante y cromática circundada por la miseria y la pobresia derramada en el verde infinito.  

Viví varios años en pos del mito, coqueteándole, siguiéndole los pasos, doliéndome de sus pérdidas y celebrando sus avances, y cuando finalmente lo alcancé empecé a comprenderlo de otra manera. Ahora que desando ese mundo palpitante al que me acerqué fascinada, ahora que ya no estoy en la mullida caleta hecha con troncos y helechos, sin más compañía que un fusil, trato de agarrar algunos fragmentos errantes. Veo que las montañas dejaron de ser un lugar secreto, idílico, de bosques sublimes, alboradas inolvidables y lluvias románticas que rodaban silenciosas. Ese verde que, como un golpe, me cayó encima en la primera marcha, tiene significados que emite constantemente, pero no son legibles para cualquiera, se necesita algo más que ‘canicas en los ojos’ para traducirlos. Vivir en la guerrilla y en la mata fue conocer personas de extracción campesina con un sentido asombroso para leer la naturaleza: para ellos todo era diferente o se asemejaba a algo: paisajes, trochas, ríos, arboles, el musgo sobre las cortezas, hasta el caminar de las nubes les decía algo, y ese algo que les decía era definitivo para nuestra supervivencia. Algo aprendí de andar con esos lectores, quizás lo más importante que he aprendido en mi vida, y sin embargo, lo que en mí era técnica o se convirtió en técnica con dolor y dificultad, en ellos era simplemente arte. 

Vivir en la guerrilla y en la mata fue conocer personas de extracción campesina con un sentido asombroso para leer la naturaleza

La mayor parte de los días en la guerrilla se iban en realizar pequeñas tareas, empalizar caminos, cargar leña para la rancha, hacer chontos (letrinas), asear el campamento, bañarse, estudiar, escuchar noticias, coser equipos o remendar la ropa, comer y caminar. Una rutina que, en un primer momento, asocié con la de las ‘amas de casa’. Generalmente, cuando a los niños se les pregunta “¿y tu mamá que hace?”, casi siempre responden “nada, mi mamá no hace nada, está en la casa”, y bien sabemos ya, por fortuna, que las múltiples tareas que se hacen en el hogar casi nunca se reconocen. A veces, cuando me preguntan cómo era un día normal en la guerrilla, me dan ganas de responder como el niño, pero esa rutina nuestra era engañosa, con grandes tensiones y ritmos bruscos, y desde luego, como las rutinas de las mujeres que cuidan los hogares, lejos de ser lo que ve la mirada indiferente que no ve nada.

También he estado pensando que en algún lugar dentro de mí se concentran los duelos que no he terminado de elaborar, uno de ellos el del camarada Roger, ‘rollito’, como le decíamos. Un colega de marchas sobre el que ya escribí y con el que entendí que la milenaria transmisión oral del conocimiento sigue siendo válida, hermosa, muchas veces más propicia que la misma escritura para llevarle el pálpito a la naturaleza, cuyo lenguaje puede ser bullicioso, vocinglero, escurridizo, también opaco, manifestado en parte a través de esconderse. Antes de conocer a Roger yo era sorda y poco observadora. Quizás no he dejado de serlo, como tampoco he terminado mis duelos, pero después de andar con rollito supe al menos del privilegio de escuchar la naturaleza en un registro iluminado: los aromas de las plantas, el canto de los pájaros, el grosor de los árboles, el tamaño de las piedras; también el terreno grabado en su olfato y hasta en sus manos gruesas que enjalmaban con suavidad a las bestias. 

Antes de conocer a Roger yo era sorda y poco observadora. Quizás no he dejado de serlo, como tampoco he terminado mis duelos

En homenaje a Roger escribí el relato “Un lector de la naturaleza”, publicado en 2021 en un volumen colectivo que hicimos junto a otros firmantes de paz bajo el título de Naturaleza común: relatos de no ficción de excombatientes para la reconciliación. (Lo consiguen fácil en Internet porque es para descarga libre). Cuando estaba en prisión solía decir, a modo de broma, que me llevaran un pato y pañales tena porque estaba casi convencida de que no saldría de la cárcel,  aunque qué va, eso era de dientes pa fuera, porque los humanos somos seres de esperanza y yo me imaginaba que algún día  regresaría a las montañas, aunque no acabó siendo así.

Ahora intento escribir sobre mí y sobre mis primeras dificultades en las primeras marchas y en aquellas primeras escuelas de formación, donde sufrí y estuve a punto de desfallecer antes de conocer personas, olfatos, tactos y lecturas de la naturaleza que iban a salvarme la vida en la trocha e iban a enriquecerme la vida en el mito: Roger fue el mito encarnado y el mito no eran meras  abstracciones. Aquella vida marchando  en  la naturaleza en medio de las rutinas del campamento es la vida que hoy pretendo desandar y que quizás siga  reconstruyendo por escrito más adelante. Por ahora estoy embarcada en un proyecto productivo y colectivo que me enamora y me apasiona, pero sigo comprometida con la vida, con los recuerdos y con ese país incluyente y equitativo con el que soñé y por el que una vez agarré pal monte.

Doris Suárez Guzmán
Entrevista

Semilla criolla: alfabeto de vida. (Entrevista a Rosa Poveda, campesina rebelde)

POR Juan Álvarez • 21 abril 2025

Rosa Poveda habla como un torrente de agua de montaña: imparable, ruidosa, resuelta. Su familia es campesina, boyacense —de Moniquirá, para más señas—, y ella se reconoce campesina también, pese a haber vivido la mayor parte de su vida en Bogotá. “Soy más del campo que cualquiera de mis hermanos, pero a ellos no les gusta que yo les diga eso”.

Para concretar esta conversación nos encontramos tres veces. Las tres veces tuvo que correr o interrumpir nuestra charla para conectarse a un taller patrocinado por una universidad, a una clase en su granja o a un reto de siembra junto a un influencer en alguno de los programas públicos en los que trabaja, porque desde hace años distintas instancias gubernamentales la contratan a ella y a su granja ecológica como ejemplo de liderazgo comunitario y saberes populares.  

A doña Rosa, sin embargo, no le gusta la idea de liderazgo ni la palabra líder. “Los líderes están en un pedestal. Lo que nosotros queremos hacer no puede estar en un pedestal. Me considero más una animadora de la comunidad: trabajo en procura de una mejor calidad de vida de las clases populares a través del rescate de la cultura alimenticia criolla”.

A los tres años ya sabía ordeñar. A los cuatro recolectaba semillas, iba al mercado a hacer la compra y vendía los canastos que tejía su madre. A los seis la robaron de su casa campesina para venderla como esclava. La señora que iba a comprarla dijo que no le servía porque estaba muy pequeña, que se la entrenaran como ‘muchacha del servicio’ y que luego veía si finalmente la compraba.

“Recuerdo todo lo que me hacían, cómo me golpeaban, sus amenazas: las señoras que me robaron me llevaban a una calle cerca de Paloquemao, era un basurero, me lo mostraban y me decían que ahí me iban a tirar, entre la mierda y los perros”.

A los ocho años la encontró Alicia García, una hija de los García Ulloa, la familia poderosa de Moniquirá para la que la mamá de Rosa a veces cocinaba. Alicia la había estado buscando porque la había conocido de chiquita, se llevaban muy bien y le había tomado muchas fotos. Al enterarse del robo de la niña, Alicia contactó al F2. Una vez rescatada, Rosa entró a uno de los colegios militares en los que Alicia trabajaba. 

De niña, Rosa nunca tuvo un peso, pero tuvo educación. Sin embargo, los cartones que acreditan esa educación tampoco fueron para ella, porque siempre ocurrió alguna agresión que no toleró y ante la que hizo explotar el mundo como no pudo hacerlo a los seis años: a los diecinueve, por ejemplo, luego de validar el bachillerato, entró al Sena a estudiar marroquinería, pero cuando iba a graduarse, el coordinador del programa le cobró la tensión que llevaban años teniendo porque el tipo recibía a las alumnas dándoles una palmada en la cola, lo que Rosa nunca permitió que hiciera con ella.

“Le saco los ojos donde me llegue a tocar”, era siempre la advertencia de Rosa.

“¿A usted qué más le da una tocadita, si es la más fea?”.

“Como soy la más fea, déjeme quieta”.

“Chichón de piso”, la insultaba el coordinador con los cartones de aprobación de créditos en la mano.

“Mejor chichón de piso que grandulón abusador”.

“Cállese”.

Rosa no se calló. Ya lo había denunciado con los profesores. Un día que la tocó le dio un bofetón que lo dejó sangrando. No recibió su cartón de marroquinería.

*

Así como nunca consiguió los cartones de todos los saberes que fue construyendo en su vida, así Rosa tampoco necesitó permiso para emprender, hace treinta años —cuando promediaba sus veintes—, la decisión definitiva que aún hoy sigue orientando su vida: traer el campo a la ciudad; tener una finca en Bogotá.

“De varias casas en Bogotá me echaron porque yo las llenaba rapidito de matas y vivía sembrando mis semillas. Una vez me tocó elegir entre el marido y el cultivo, y me quedé con el cultivo y con mis hijos. Siempre fui celosa de mi autonomía, nunca me dejé parar. La marroquinería me llevó a la zapatería, pero mi otro marido de entonces me decía ‘Qué vergüenza, usted toda marimacha, las mujeres son delicadas’. ‘Y por lo general se dejan pegar’, le contestaba yo, que tenía un lema en esos tiempos: el que me pegue no ha nacido, el día que nazca se tiene que morir”. 

La historia de cómo Rosa consiguió y rescató el lote en la Perseverancia (estaba convertido en un basurero descomunal) en el que hoy vive y desarrolla su vocación agrícola la ha contado mil veces en diferentes documentales y entrevistas: pertenecía a un sujeto que lo había heredado de su esposa, muerta en un accidente; el sujeto no quería saber nada del lote porque le recordaba a su amada muerta; Rosa lo buscó y se lo pidió; el sujeto le dijo que lo agarrara; Rosa le dijo que no solo quería el lote sino los papeles del lote, porque iba a hacer algo importante allí; acabó persuadiéndolo. La primera jornada de limpieza la concretó en 2007 a través de una minga. Lo cuenta en un texto titulado “Rosita narra el proceso de la primera minga”, que se encuentra fácil en su blogspot: http://ecoescuelamutualitos.blogspot.com/ En ese primer mensaje se leía: “limpieza de lote para gran escuela agroecológica”.

“Mi rancho es un laboratorio de barrio. Aquí soy mentora, trabajo el primer sector de los acuerdos de paz: el agro. Desde niña mamá nos enseñó a cuidar la semilla criolla. Ya entendemos —’se supone’, aclara y se ríe—, que tenemos que repensarnos y hacernos un ser más de la naturaleza, y no dueños de ella, pero no será posible mientras llevemos la alimentación a los escenarios de tecnificación obsesiva a los que la hemos llevado. Mi pasión y mi sentido es el mejoramiento ambiental y la soberanía alimentaria, porque Colombia es una dispensa gigantesca, con regiones y semillas variadas, pero las leyes y las instituciones que deberían velar por el campesinado no lo hacen. La ley 1032 de 2007 es una ley de patentes que atenta contra la semilla criolla, una semilla natural que se reproduce, un alfabeto de vida en el que no tiene sentido que dejemos de vivir”.

La visito una tarde entre semana en su granja laboratorio. Quiero seguir entendiendo sus prácticas y saberes alrededor de la semilla criolla. Me reciben ella y su asistente en una cocina enorme. Empieza contándome de una vez que estaba allí, junto a periodistas italianos con cámaras costosas, y entraron a robarlos. La historia es delirante. Antes de poder terminarla tocan a la puerta. Son compradores de plántulas. Los atiende. La acompaño. Empiezo a conocer el espacio de la granja. Es alucinante, intrincado, difícil de creer. Una vez los despacha nos quedamos volteando por el lote mientras su asistente la conecta al reto de siembra que aceptó hacer junto a un adolescente influencer al que considera una farsa. Está fastidiada. Le hacen una pregunta cualquiera antes de empezar la siembra y aprovecha y se despacha:

“Estamos en el centro de Bogotá ejerciendo la agricultura en la cuarta revolución industrial, desaprender para aprender nuevas formas de cultivo y así construir autonomía alimentaria… Nos están trayendo papa de otros países, sale más barato traer una papa de Bélgica que comprar una de Boyacá… ¿Saben por qué la papa que viene de Bélgica es más barata que la que viene de Boyacá …?”.

Rosa habla seria, pero también con cierta energía de profeta. No creo que la gente que la escucha en la transmisión sepa que está fastidiada. Sin embargo, se queda callada esperando una respuesta, nadie responde.

”Les voy a contar porque suceden estas cosas: resulta que en Bélgica los campesinos son financiados, les pagan por cultivar, pero también les dan la semilla, el abono, el veneno y todo el paquete tecnológico… En este momento 80 % de los alimentos que consumimos en Colombia son importados, así perdemos soberanía alimentaria, porque la gente no se preocupa por sus alimentos más allá de conseguirlos en la tienda …”.

”Desde los años cincuenta nos venden un paquete tecnológico, semillas no propias de esta tierra que necesitan de todo ese paquete tecnológico… Con la firma del TLC todo es más grave, porque estas nuevas semillas matan a las nuestras, las anteriores por lo menos no mataban nuestras semillas, estas sí, matan, acaban con las especies propias del país porque no salen de un cultivo sino de un laboratorio …”. 

“Los invito a entrar a Internet, busquen ‘ratones con tumores’, vean la investigación que hizo un francés juicioso: alimentó ratas de laboratorio con maíz y soya transgénica… Vean los resultados, si eso sucede con ratones, imagínese lo que hoy sucede con nosotros …”.

Sigue así, despachada, unos minutos más, hasta que amablemente le indican que solo hay una hora para el reto de siembra y ya van treinta minutos. Rosa asiente, apaga el micrófono y se dirige a la terraza donde su asistente tiene preparada una mesa, seis plantas distintas y una computadora a través de la cual transmitirán “la siembra”.

*

La granja escuela agroecológica de Rosa Poveda son alrededor de 1.800 metros cuadrados donde ha construido ya tres casas de madera y materiales reciclados que llama “viviendas de interés social”. La última de ellas va por el tercer piso. Allí arriba, en una terraza descubierta, subimos para la transmisión del reto de siembra que la tiene fastidiada.

El espacio se recorre a través de un camino de tablas de madera a cuyos costados encuentras jardines de suculentas, viveros cubiertos donde germinan y crecen cientos de plántulas de distinto tipo, un gallinero con una docena de gallinas y patos, secciones destinadas al procesamiento de abonos y al cultivo de lombrices, huertas al aire libre, plantaciones, bosques estrechos de árboles altos donde divisas panales de abeja porque, no podía ser de otra manera, Rosa también practica la apicultura para controlar la polinización de sus flores. Veo una extraña acomodación tupida de plantas, hecha de tablas de madera y botellas de plástico llenas de tierra negra, le pregunto qué es. “Una cerca viva de 150 plantas que ya tengo que entregar porque se me está saliendo de las manos”, me dice. La granja cuenta también con un nacimiento de agua natural de un metro y sesenta centímetros de profundidad. De allí saca el agua para sus necesidades básicas y el abastecimiento del lugar. El baño es seco, sin agua. Entre los residuos orgánicos que Rosa trabaja para el abono y la siembra está la humanaza que resulta de los residuos fecales de ella y de su familia y tarda un año para sacarse. Paso saliva.

Quizás su mayor orgullo sean sus cuarenta tipos de frijoles. “Ahí los ve, vivos, nutritivos, salidos de semillas criollas, renovándose en un ciclo de vida en el que yo no paro de pensar”. Me muestra también un estanque mediano donde planea cultivar peces. Primero, sin embargo, allí está creciendo “plantas lenteja”. Lo hace a partir del popó de los pollos porque quiere probar si el agua filtra. “Llevo dos meses con esto, ¡y si filtra!”, me dice emocionada.

“Los talleres de compostaje y abonos naturales son los más solicitados. La gente como que sí anda deseosa de intentarlo en los patios de sus casas. La lombricultura es más complicada. La crianza y manejo de lombrices en cautiverio requiere de mucha atención. A la gente le gusta el taller acá para aprender, pero menos la idea de intentarlo en las tierras de sus casas. La práctica que más me gusta enseñar es la de la huerta vertical: en una puntilla, cerca de una ventana, cuelgas una pita, de la pita amarras tres o cuatro culos de botellas plásticas vacías, en las botellas echas tierra, una semilla y agua y ves crecer la oportunidad de un jardín”.

*

En 2013, el artista y arquitecto Nicolás París presentó la exposición Petricolor, que se propuso como “un aula para observar la operación de la naturaleza”. La exposición tuvo una programación pedagógica, y las cabezas de esa programación fueron la Granja Escuela Agroecológica Mutualitos y Mutualitas de Rosa Poveda y Rosa misma, que aportó el saber vivo de la identificación de plantas que crecieron espontáneamente en los artefactos preparados para la exposición y sustanció aquel discurso del arte y la cultura  como escenarios de aprendizaje y construcción de una nueva relación con la naturaleza porque se trata, en buena medida, de aquello que ella encarna: la vanguardia terrosa de la semilla criolla como alfabeto vital de una cultura campesina que, desde las ciudades, nos empeñamos en desdeñar. 

Toda semilla es también la encarnación de una espera: una semilla sabe esperar la combinación única de temperatura, humedad y luz porque esa combinación significa su primera y única oportunidad de crecer y desplegar el relato de su alfabeto genético. Cuando vamos al bosque levantamos la cabeza y nos asombramos con la altura de los árboles, pero apenas reparamos en el hecho de que, por cada uno de esos árboles erguidos y espesos, cientos de semillas en la tierra jamás tendrá la oportunidad de salir a la luz. “Mutualitos” y “mutualitas” son palabras inventadas por Rosa Poveda para nombrar el cuidado ecológico mutuo que aspira a que, niños y niñas, se brinden mundos de temperatura, humedad y luz donde vuelva a ser posible la lectura orgánica de la naturaleza.

Juan Álvarez

Escritor y ensayista. Ganador del Premio Nacional de Cuento Ciudad de Bogotá (2005) y del Premio de Ensayo Revista Iberoamericana (2010). Autor de cuentos, novelas y ensayos, ha sido finalista del Premio Espartaco y fue seleccionado entre los “25 secretos mejor guardados de América Latina” por la FIL Guadalajara. Es MFA por la Universidad de Texas en El Paso y PhD por la Universidad de Columbia. Coordina la línea de escritura creativa del Instituto Caro y Cuervo.

Lector invitado

La tonada del viento en los oídos

POR Catalina Navas • 21 abril 2025

8 MINUTOS

Nan Shepherd, la escritora naturalista que retrató las montañas escocesas y al hacerlo nos mostró a sus lectores que no sabíamos mirar con detalle ningún paisaje o formación rocosa, describe en La montaña viva (Errata Naturae, 2019) la experiencia de caminar dentro de una nube. Shepherd asciende ––no para conquistar ninguna victoria, sino para ver mejor–– y en su recorrido atraviesa el espacio húmedo de la nube. “Es como atravesar un lago” dice, y de inmediato cae en la cuenta de que una nube no es un lago, no es el rocío de la mañana, no es una llovizna suave. Una nube es una nube. Para quienes no hemos atravesado jamás una nube, la caminante escritora debe encontrar las palabras para acercarnos a la experiencia y al tiempo convocarnos al deseo que nos provoca no haberla experimentado nunca, ponernos en el lenguaje y revelarnos nuestra imposibilidad de habitarlo plenamente. En esa distancia, entre la réplica de la experiencia a través de las palabras, y la imposibilidad de esa réplica, vive la poesía. 

Si este principio actúa para cualquier representación a través de la palabra, al hablar de la naturaleza se hace aún más evidente, porque contar lo natural es revelar la inutilidad del lenguaje para hablar del espíritu de las cosas que no han sido hechas por los humanos. Es también, sobre todo, confrontar al lector con su ojo no entrenado para ver la naturaleza, ampliar la mirada del que no ha estado en presencia de las cosas naturales ya sea por falta de oportunidad o desatención. 

Estar en la naturaleza, de cuerpo físico o en la representación que otros han hecho de ella, exige atención completa. Henry David Thoreau escribe en Caminar (Libro al viento, 2021) sobre lo alarmante que es caminar una milla dentro de la naturaleza y darse cuenta de que sus pensamientos no están con su cuerpo, sino en una ocupación mundana por fuera de los parajes por donde camina.  “¿Qué pretendo con ir al bosque si estoy pensando en algo que no está ahí?”. Caminar verdaderamente para Thoreau es caminar con el cuerpo, el pensamiento y el espíritu. Esta necesidad de atención plena acerca la caminata a una empresa espiritual, a un rito del movimiento corporal. En este sentido, Thoreau elabora sobre la etimología de saunter, palabra que en inglés significa caminar serenamente. Saunterer, el buen caminante moderno, desciende de los caminantes ociosos que durante la Edad Media pedían limosnas con la excusa de ir a la Sainte Terre. El caminante debe tener cuerpo activo, ojo atento y espíritu presente cuando está en la naturaleza, solo así puede realmente estar en ella. En este sentido, la escritora de la naturaleza pareciera ser una amable maestra espiritual que nos señala con delicadeza nuestra desatención y nos lleva de vuelta a la presencia plena. El oficio del naturalista es señalar dónde no vemos o pasamos de largo. 

El caminante debe tener cuerpo activo, ojo atento y espíritu presente cuando está en la naturaleza, solo así puede realmente estar en ella

En Historial natural (Monteávila editores, 1994), el libro en el que José Watanabe habla del cuerpo animal y del cuerpo humano, se nos da la primera ardilla que habremos de ver, incluso si ya estamos familiarizados con estos animales y los hemos mirado hasta no verlos más. 

La ardilla 

Una ardilla cumplida, diaria, viene a mi balcón. 

Recoge nerviosamente el pan que le dejo y huye al bosque.

Su huida es como guiada 

por otra ardilla que sale de sí misma y la antecede

un segundo

siempre, 

y aún detrás de ella va dejando otra, un ágil trazo que se desvanece

milagrosamente en el aire ordinario. 

Así la ardilla va como un curioso juego óptico de veloces figuras

que nunca encajan. 

Es como la vibración de alguien que corre detrás de una verja. 

Después de capturar el espíritu vibrátil de la ardilla, Watanabe se interrumpe y nos dice que no ha podido comunicar su intención, que no ha podido expresar en el poema la resurrección y la inmortalidad de todo animal que muere temporalmente en la hibernación y vuelve a la vida alterando el tiempo lineal y los ciclos vitales. Hay dos movimientos en el poema: la imposibilidad y la expansión que se le dan al lector al recibir la vida espasmódica y ágil de una ardilla que corre sobre el alfeizar. El poema abraza su incapacidad y al hacerlo logra su cometido: ofrece una ardilla única e inmortal que ha expandido la percepción de quien lee. La ardilla resucita, no solo porque tenga como costumbre hibernar, sino porque muchos años después de haber desaparecido del mundo, se hace cuerpo y carne en el relato. 

Algo valioso y bello hay en la aceptación de la inutilidad de nuestras empresas físicas o poéticas, algo que excede su naturaleza sin propósito y la niega al hacerla explícita. En 1974, Werner Herzog emprendió una caminata de Munich a Paris para conseguir, con su tránsito lento y a pie, que su maestra Lotte Eisner no muriera. Herzog sabía que la caminata no tenía nada que ver con el cuerpo enfermo de la cineasta, que era una suerte de plegaria en movimiento, un peregrinaje inútil que no conseguirá ningún efecto en el mundo real y, sin embargo, su acometida y registro en el diario son una ofrenda tangible a la salud de la maestra amada. 

El peregrinaje sin propósito de Herzog se parece al peregrinaje de los fieles que se dirigen a una tierra lejana con el propósito único de adquirir un bien intangible e inverificable. Este espíritu de exaltación y de júbilo que solo dan las empresas inútiles en la naturaleza es bien conocido por los corredores de montaña, gente sin juicio que recorre cientos de kilómetros sin otro resultado que arruinarse las rodillas y disfrutar del júbilo de lanzarse cuesta abajo a toda velocidad o sentir el corazón palpitar de esfuerzo conforme se acercan a la cima. En esta especie hay un tipo de corredora que me interesa particularmente: no es la que persigue el podio, sino la que busca su propio júbilo en movimiento. La velocidad en esta corredora no proviene del deseo de la cima o del anhelo del fin de la jornada, sino de la alegría que produce el sol, la llovizna y el silbido del viento en los oídos —la mejor tonada del viento es la que se oye cuando el cuerpo va a toda velocidad—. Son los estímulos de la naturaleza los que dan energía y cadencia a las piernas, no la anticipación mental de la meta. Esta es la mejor forma de estar en la naturaleza, ya lo había señalado Thoreau, porque es la única vía en la que los sentidos están en perfecta consonancia con su entorno. El propósito de estar en la naturaleza es justamente no tener propósito: es la única forma en la que se alcanza la atención plena que requieren las cosas naturales. 

Son los estímulos de la naturaleza los que dan energía y cadencia a las piernas, no la anticipación mental de la meta

Nan Sheperd distingue también entre dos tipos de montañistas, los que buscan extraer sensaciones de la montaña: la vista impactante, la cumbre honrosa, el avistamiento de animales esquivos; y quienes escuchan y atienden. Dice Sheperd: “A menudo la montaña se entrega por completo cuando no tengo destino alguno, cuando no llego a ningún sitio en concreto, sino que he salido simplemente para estar con ella, igual que se visita un amigo sin más intención que la de estar con él”.

Los paseos sin propósito en la naturaleza, los que obligan a centrar la atención plenamente en lo que ella nos presenta, son una forma de la poesía porque expanden la percepción y abren la mirada a lo que está oculto para quienes persiguen otros fines por fuera de las cosas naturales. Al caminar sin propósito en los bosques o montañas se renuncia a todo deseo individual, no importan las ideas que el caminante ha hecho de sí mismo, de sus capacidades o de los parajes que necesita ver, sólo permanece la naturaleza y las posibilidades que entrega. Esta forma de lo poético no se encuentra en los caracteres de la página y está solo disponible para quienes la practican. Es la tonada del viento que suena para los caminantes sin propósito. 

Catalina Navas
Literata y maestra en educación. Ha publicado Camino de hielo (Planeta lector, 2019), Correr la tierra (Seix Barral, 2020) y El movimiento en la crisálida (Alfaguara, 2022). 
Está interesada en la intervención de archivos privados y públicos y las posibilidades poéticas de la lingüística computacional. 
Ha trabajado como profesora de escritura creativa, gestora cultural y programadora cultural en la Red distrital de bibliotecas públicas de Bogotá. Actualmente coordina el programa Relata de la Biblioteca Nacional de Colombia. 
Editorial

Leer la naturaleza | Leer desde la naturaleza | Leernos en la naturaleza

POR Juan Álvarez • 31 marzo 2025

8 Minutos

Hay una idea que planea cada vez con más fuerza en los espacios de formación: la alfabetización tradicional —aprender a leer y a escribir—, la alfabetización republicana (digamos), es insuficiente. Por eso se habla de la necesidad de empezar a formar a niñas y niños en lenguaje de programación —los países desarrollados ya lo hacen—, de tal modo que puedan hacer parte de la disputa en construcción que es y seguirá siendo la Internet. Se habla también de la urgencia de formar en lectura de medios de comunicación y de redes sociales, porque el entramado comunicativo se ha hecho a tal grado complejo que no basta con informarse, como hace dos siglos (digamos); ahora es necesario comprender los lugares de intereses y de enunciación de los dueños de los medios masivos, los dueños de las aplicaciones de redes sociales, los periodistas de portales autogestionados, los influencers, los troles y otra pléyade de sujetos sociales que configuran la trama diversificada (algo más diversificada que hace dos siglos, digamos) y heterogénea que es hoy la esfera pública global. 

Se habla también de la urgencia de formar en lectura de medios de comunicación y de redes sociales, porque el entramado comunicativo se ha hecho a tal grado complejo que no basta con informarse

En este orden de ideas, quizás sea posible pensar también un nuevo escenario de lectura y sensibilización crucial para nuestro futuro: la naturaleza. (Quién lo iba a decir).

Ahora bien, ¿qué puede significar para nosotros, hoy en día, la lectura de la naturaleza? ¿La leemos a ella, leemos desde ella, nos leemos en ella? ¿Tiene sentido, acaso, preguntarnos qué lee la naturaleza en nosotros una vez empezamos nuestra descomposición?

En respuesta a la invitación de Fundalectura e Idartes para editar un número de la revista Tinta Impresa, me puse en la tarea de construir un grupo de lecturas y reseñas, e invitar a escribir y a hablar a un grupo de autoras, con la esperanza de que la juntanza de ambas operaciones haga brotar cierta chispa de comprensión. Tal vez intentar leer la naturaleza sea una forma de huir del paradigma de su dominación; quizás intentar leernos desde la naturaleza sea el primer lance de un giro espiritual que nos urge como especie si queremos contestar con inteligencia a la emergencia climática que empieza a devorarnos; a lo mejor, es mi esperanza, volcar los saberes del arte sobre la naturaleza sea una oportunidad de volver sobre lo comunitario y en esa trocha abandonar el deseo desquiciado de conquistar Marte e intentar sanar acá en la Tierra.

Tal vez intentar leer la naturaleza sea una forma de huir del paradigma de su dominación

He buscado cómo esbozar aquí, en pocas palabras, en conjunto, sin desmembrar, cada uno de los elementos que componen esta juntanza, y he encontrado que la mejor manera es acercándole a todo, a cada verso; los versos del poema “Animal de invierno”, que son del poeta peruano José Watanabe, publicados originalmente en el libro Cosas del cuerpo de 1999.

Animal de invierno 

Otra vez es tiempo de ir a la montaña
a buscar una cueva para hibernar.

Voy sin mentirme: la montaña no es madre, sus cuevas
son como huevos vacíos donde recojo mi carne
y olvido.


Nuevamente veré en las faldas del macizo
vetas minerales como nervios petrificados, tal vez
en tiempos remotos fueron recorridos

por escalofríos de criatura viva.


Hoy, después de millones de años, la montaña
está fuera del tiempo, y no sabe

cómo es nuestra vida
 ni cómo acaba.

Allí está, hermosa e inocente entre la neblina, y yo entro

en su perfecta indiferencia

y me ovillo entregado a la idea de ser de otra sustancia.  

He venido por enésima vez a fingir mi resurrección.
   
En este mundo pétreo

nadie se alegrará con mi despertar. Estaré yo solo

y me tocaré

y si mi cuerpo sigue siendo la parte blanda de la montaña

sabré
 que aún no soy la montaña.

Me interesa la primera imagen de la hibernación y de la montaña porque están en el núcleo del ensayo “La tonada del viento en los oídos”, escrito por Catalina Navas, lo que en principio parece contradictorio porque el ensayo de Catalina gira en torno al movimiento —caminar, correr, oír la montaña—, pero no el movimiento que conduce a lugares o solventa urgencias, sino un movimiento contrario; el movimiento hacia la detención (una disposición), hacia la contemplación inoficiosa, y en ese sentido la hibernación de los animales, la pausa en la existencia de quienes han tenido la inteligencia de preservar, innata, la instrucción genética que les dice es hora de vivir la detención.

La segunda estrofa es un recorrido: imágenes de piedra viva para que entendamos de qué modo es cierto que la montaña está fuera del tiempo. También es un recorrido lo que terminó escribiendo Doris Suárez en “Andares”. Con Doris, firmante de paz, ya habíamos trabajado. Es una de las contadoras de Naturaleza común: relatos de no ficción de excombatientes para la reconciliación (2021). A raíz de esa colaboración, seguimos conversando y siempre quise que me contara, nos contara, con detalle, cómo fueron esos primeros meses en la guerrilla, cuando pensó darse cuenta que no estaba curtida para trochear por la montaña, porque el trajín era muy bravo y las fuerzas no le alcanzaban.

El giro crucial del poema es la tercera estrofa: entregarse a la idea de ser de otra sustancia. No sé por qué imagino que el fuego es de otra sustancia. Es como si la metáfora antigua de los cuatro elementos se me mantuviera viva en el fuego. Imágenes de incendios forestales en el primer mundo fue lo que acordamos que leería la poeta Tania Ganitsky, esto a raíz de que en casa leímos El fuego que quería recordar (2021), un ensayo-poema corto, publicado como el Cuaderno #4 del Laboratorio de creación de una de las decenas de maravillosas becas de escritura de Idartes. Acertamos, porque esa lectura de Tania nos deja esta pregunta (y con ella basta): ¿Qué se quema cuando arde el corazón de un árbol?

Es como si la metáfora antigua de los cuatro elementos se me mantuviera viva en el fuego

Si el cuerpo es la parte blanda de la montaña, las faldas de la montaña son la parte fértil de la montaña. Llegué a entrevistar a Rosa Poveda, y a conocer sobre su evangelio de la soberanía alimentaria y la semilla criolla, a través de Doris Suárez. Doris me habló de Rosa porque entre mujeres verracas fácil se reconocen. Quizás también porque le conté que estaba pensando en los distintos ángulos en lo que es posible practicar la lectura de la naturaleza como nueva alfabetización vital para las generaciones por venir. Rosa encarna el ecofeminismo popular. En Rosa viven saberes pasados por el cuerpo. Rosa es casi el verso que se convierte en montaña. 

El conjunto de libros reseñados son, en buena medida (excepto las novedades recomendadas por los libreros), la bibliografía de partida del proyecto de investigación y apropiación social del conocimiento que existe detrás de Naturaleza común, donde nos encontramos con excombatientes para preguntarles por su experiencia en la naturaleza durante los años del conflicto armado y para intentar entender, despacio, a través del relato, cómo ocurrió que el medio ambiente fue víctima, pero también beneficiario paradójico de ese conflicto que nuestra sociedad sigue sin conseguir desentrañar. Este número lo cierra el texto de Iván Murcia, promotor de lectura de Libro al Viento, quien nos cuenta de qué manera, durante la pandemia, a partir de una experiencia social en el barrio San Cristóbal, armó un club de lectura llamado “Agrolecturas y Biochismes” para encontrar los saberes y prácticas huerteras con la lectura. 

Disfruten las hojas, el alfabeto de la vida, antes de que estas también empiecen a caer.

Juan Álvarez

Escritor y ensayista. Ganador del Premio Nacional de Cuento Ciudad de Bogotá (2005) y del Premio de Ensayo Revista Iberoamericana (2010). Autor de cuentos, novelas y ensayos, ha sido finalista del Premio Espartaco y fue seleccionado entre los “25 secretos mejor guardados de América Latina” por la FIL Guadalajara. Es MFA por la Universidad de Texas en El Paso y PhD por la Universidad de Columbia. Coordina la línea de escritura creativa del Instituto Caro y Cuervo.

Entrada

Sofoco

3 MINUTOS

Autor: Laura Ortiz Gómez| 119 págs. | Laguna libros | 2021

Sofoco, de Laura Ortiz Gómez, fue el libro ganador de la segunda versión del concurso Elisa Mujica en el año 2020 y fue publicado por la editorial Laguna libros en el 2021. Está compuesto por nueve cuentos que tienen como protagonistas a personajes que habitan territorios olvidados y realidades complejas, en su mayoría relacionadas con el conflicto armado colombiano y la guerra, la nuestra, que escupe muertos, “todos juntos, a medio podrir y sin nombre” (8), hasta que un alma caritativa les dé tumba propia y les devuelva algo de identidad.

Los personajes de estos cuentos están atrapados por sus contextos y geografías; en sus páginas campea una sensación de angustia e incertidumbre permanente y es bajo esta que se relacionan, viven y sienten. La tensión entre la vida y la muerte es constante, no obstante, siempre aparecen elementos como la música y el sexo que ayudan a liberarla. Como la historia del hijo del silencio, huérfano de madre y memoria, que se refugia en Susana, la prostituta del pueblo, o como Aíta que sucumbe a Elvio y se hace agua “como la desembocadura del Magdalena en Bocas de Ceniza” (19).

El telón de fondo de estas historias son los ríos, la selva y barrios populares que no ofrecen oportunidad, una mezcla de belleza y dolor potenciada por imágenes y descripciones llenas de contrastes, por una parte la belleza de lo natural y por otra la violencia ejercida por el hombre. De este modo podemos imaginar a un tigre que “quiere rascarse el lomo con los árboles, buscar el amor y rugirle al viento” (33), y por otro leemos cómo lo que era un río ahora es sólo un barrizal que huele a mierda porque lo han secado.

Y ahí, en la mitad de todo esto, personajes: hombres y mujeres que han aprendido a llevar la vida y que anhelan un destino diferente al que les ha tocado, así sea en un paisaje tan distinto como el San Petesburgo de los cuentos de Chejov; la carga territorial de los lugares que habitan es pesada y difícil de dejar: El tigre, Hidroituango, Dabeiba, las riberas del río Magdalena o del Cauca son nombres que resuenan en la memoria, la de ellos y la nuestra, nombres que nos acercan y hermanan por alejados que creamos estar.

A lo mejor la lectura de este libro nos permite hacer frente a un pasado que es presente y que, como el personaje de “Parto de vaca”, no queremos mirar; o tal vez nos sirva de advertencia para entender que la violencia que ejercemos entre nosotros tiene también consecuencias en el entorno. De cualquier modo, estos cuentos nos ayudan a entender más de cerca las complejidades de este país que es mucho más que la comodidad de nuestras ciudades indiferentes.