Viajar es poner en suspenso la realidad. Quizás allí esté su mejor encanto. El viajero se desprende de las coordenadas que le signan un espacio y un tiempo controlados, reglados, y casi siempre marcados por los de los otros con quienes convive.
Autor: Ryszard Kapuscinski | 352 pg. | Anagrama | 2018
Este libro me llevó a sentir y a vivir África, ese inmenso retazo del mundo donde resultan más valiosas el agua y la sombra. Ébano muestra la gigantesca deuda de los países europeos con este continente saqueado “de sus gentes, arruinada y destruida”. Una rapiña que empezó antes de que se lo repartieran, con las redadas para cazar humanos y esclavizarlos.
Kapuscinski llegó por primera vez a África en 1958. Aterrizó en Ghana, recién liberada. El sueño de sus gentes no solo era ser libres, sino iguales y lo alimentaba un hombre reverenciado como un profeta: Nkrumah, uno de los líderes que pregonaba ¡África para los africanos! Empezaba la oleada de movimientos descolonizadores impulsados por muchos de los que fueron enrolados en las filas de los ejércitos franceses e ingleses en la Segunda Guerra Mundial. Allá, en los campos de batalla se les desdibujó esa creencia del blanco como ser superior que les habían inculcado. Regresaron a sembrar ideas de emancipación. Todo esto nos cuenta este periodista polaco.
Pero en un mismo estado -como ocurrió en las colonias- quedaron unidas etnias rivales, enemigas. Llegaron, entonces, asegura este maestro del reportaje, las “décadas más oscuras”. Se encadenaron guerras civiles, golpes de estado, masacres y revueltas avivadas más de una vez por los antes amos y por las dos potencias de la guerra fría. El autor resume estos tiempos aciagos: “Pobreza y decepción en los de abajo. Voracidad y codicia en los de arriba”. Anidaron dictadores como Idi Amin en Uganda y Mengistu en Etiopía y surgieron ejércitos de niños: ocuparon el lugar de los adultos muertos en tanta guerra. Señala a los ingleses como artífices de la larga guerra en Sudán y a Belgas y franceses -estos últimos ya aceptaron su culpa- como instigadores de la tragedia en Ruanda.
Kapuscinski pasó largos periodos, durante 40 años, en este convulsionado continente. Sus historias reflejan también un mundo espiritual rico y complejo, comunidades donde el individualismo es visto como señal de desgracias. Pinta con palabras, paisajes y momentos deslumbrantes: “Al alba en la tierra aparecerán, al mismo tiempo, el sol y la sombra del árbol, el sol despertará a la gente, que no tardará en ocultarse buscando la protección de la sombra”. “Es como un gran jardín botánico donde se ha permitido que se establezcan los humanos”, dice al describir un lugar de Ghana. Y retrata las montañas de Ruanda: ”altas y al mismo tiempo suaves. Sus tonos esmeralda, violeta y verde aparecen enmarcadas por la luz del sol”. Y comparte su fascinación al conocer la llanura de Serengeti, la más grande concentración de animales salvajes: ”Precisamente aquí se contempla ese mundo recién nacido, un mundo sin el hombre, y por lo tanto sin pecado.”
Revela, además, secretos: ¿cómo mueren y dónde están los cementerios de elefantes? Y narra la insólita historia de Liberia. Es un libro plagado de vivencias; aparecen los peligros que acechan en todos lados: la malaria, las serpientes, las hambrunas, como las que conoció en Etiopía y en Somalia. Allí, en el desierto somalí, los niños empiezan a cuidar rebaños de camellos a los ocho años, “esas acacias solitarias, esas matas de hierba espinosa, esos baobabs gigantescos se convierten en señales que les dicen dónde están y por dónde deben caminar” para encontrar el agua.
Para no quedarnos con esta “historia única”, como aconseja Chimamanda Ngozi, hay que leerla a ella y a Chinua Achebe, nigerianos, a Gaël Faye que con ojos de niño narra el genocidio en Ruanda y a tantos otros escritores de este continente que hemos mantenido, injustamente, lejano.
Pilar Lozano
Periodista, escritora de literatura infantil y juvenil, promotora de lectura y escritura. Ha publicado veinte libros, entre ellos La historia los viajes y la abuela, Crecimos en la guerra, Era como mi sombra y Colombia, mi abuelo y yo.
La autora nos lleva a un viaje a Las Heras, una población en la Patagonia argentina envuelta en polvo y viento. El “tenebroso suspiro del viento” que parece estar en cada página tira los cables del teléfono, desgarra árboles, golpea con violencia puertas y ventanas. Para estar en Las Heras, afirma una voz del libro, “tienes que amar el viento”.
Con esa habilidad de los grandes cronistas, Guerriero nos pasea por este rincón alejado del mundo en el que hombres y mujeres, todos jóvenes, decidieron en un momento, entre el final de un siglo y el comienzo del nuevo, cortar de un tajo sus vidas. Juan Gutiérrez, el último de este rosario de muertes —porque fueron doce—, se colgó de un cable de la luz momentos antes de que con grandes festejos se diera la bienvenida al siglo XXI.
“El maligno se los llevó”, “Tenían problemas familiares”, “Eran parte de una secta”, fueron los rumores que corrieron cuando empezó la trágica saga.
La Iglesia católica buscó la solución celebrando más misas, los evangélicos llenaron las calles de oraciones, se crearon programas y grupos de apoyo.
Pero, en últimas, “Nada sirvió, nadie hizo nada”.
Las Heras era un pueblo de catorce cuadras, un poco más de ocho mil habitantes, y estaba envuelto en las sombras de bonanzas pasadas. La última, el petróleo, atrajo a hombres ansiosos de futuro y a mujeres dispuestas a sacar provecho del montón de dinero que ellos ganaban. Y de la mano del pecado, cuenta esta periodista argentina, llegaron las Iglesias, muchas, con su ramillete variopinto de creencias. Pero se privatizó el petróleo, se tercerizaron muchos oficios; lo abrazó la desesperanza, el desempleo, la pobreza y el olvido. El libro retrata un pueblo que no tiene que ver “con el resto de todo un país”. La autora se detiene y reflexiona: “Imaginé una vida así, sin que a nadie le importe”.
Y trenza el relato con testimonios de personas, muchas “golpeadas por la vida”: el peluquero, la encargada del cabaret, la copera… Pedro, el profesor gay, el raro, que afirma que, entre sus alumnos, los más pequeños tienen ganas de destruir, los más grandes de autodestruirse. Lo quieren: “Me ven como alguien que los entiende”. Y están las voces de los hermanos, de las madres, siempre cargadas de culpas: “¿Qué hice mal?”; de preguntas sin respuesta: “¿Por qué lo hicieron?”. Una de ellas se atreve a decir: “Lo que pasa es que aquí para la juventud no hay nada”. Y están también, amigas y amigos de los suicidas, muchos llenos de sueños rotos, de tormentos, de “hubiera sido mejor no haber nacido”.
“Quería ser alguien”, se repite en muchas páginas. Pero para lograrlo toca salir a estudiar lejos y para eso no siempre hay dinero. La cronista, entonces, comenta: “Ser alguien era algo que querían ser muchos ahí en Las Heras. Ser alguien, decían. Como si ellos, así, no fueran nadie, nada”.
¿Cómo no pensar al leer este libro en poblaciones colombianas que, tras el paso de distintas bonanzas —la última la coca—, quedan sumidas en la desesperanza, pobladas por seres “rotos a pedazos”? ¿Cómo no pensar en los jóvenes que en estos años han alzado su voz para gritar que llevan décadas pidiendo que los escuchen porque les han negado un lugar, la posibilidad de ser, de tener sueños? ¿Cómo no pensar en los suicidios de jóvenes indígenas en esa Colombia no registrada en el imaginario de nuestros políticos? ¿Veremos crecer las cifras de los que deciden no estar agobiados por tanta indiferencia, por tanto hastío en medio de una vida sin esperanza?
Pilar Lozano
Periodista, escritora de literatura infantil y juvenil, promotora de lectura y escritura. Ha publicado veinte libros, entre ellos La historia los viajes y la abuela, Crecimos en la guerra, Era como mi sombra y Colombia, mi abuelo y yo.
Autor: Istvan Banyai | 62 págs. | Fondo de Cultura Económica | 1995
Tres palabras vienen a la mente cuando terminamos de leer Zoom de Istva Banyai, ilustrador húngaro radicado en Estados Unidos: viaje, cine y juego.
A partir de una narración hecha exclusivamente con imágenes, el autor nos propone un viaje que inicia en la cresta de un gallo y recorre diferentes regiones del mundo, épocas y culturas. Las imágenes nos muestran un paisaje de granja, la cubierta de un crucero, el caos de una gran ciudad, un vaquero en el desierto de Arizona, una tribu en una isla australiana, un piloto que conduce su avión.
La narración nos lleva, entonces, a conocer en cada página un mundo diferente, a partir de una técnica que nos remite claramente al cine: una cámara que se va alejando cada vez más, que hace un zoom out y, de esta forma, revela situaciones que sorprenden cada vez más al lector. Esta técnica del cine, que por definición consiste en abrir el ángulo de la lente y disminuir el tamaño de lo que se ve en la imagen, plantea un cambio de lugar y un cuestionamiento sobre “la realidad” de lo que percibimos: el hecho de ver algo de cerca y al detalle puede hacernos perder el contexto y, por ende, cambiar el sentido de las cosas.
Esta idea de la imagen dentro de la imagen dentro de la imagen resulta un juego muy divertido para el lector que, una vez entiende la dinámica propuesta por el libro, empieza a tratar de anticipar lo que viene en la siguiente página. Es también el juego del ilustrador con nosotros, pues nos lleva sin previo aviso de un lado a otro, nos hace saltar de un crucero donde hay un niño aburrido, a una calle congestionada de una gran metrópoli en Estados Unidos. Se trata de una técnica narrativa que no solo hace parte de la tradición literaria (pensemos por ejemplo en las historias dentro de la historia de Scherezada en Las mil y una noches o en las historias intercaladas del Quijote), sino que nos remite a otros libros álbum como Flotante de David Wiesner y El libro en el libro en el libro de Jörg Müller.
Zoom es, además, una narración en imágenes que no requiere el uso de las palabras para contar historias, describir personajes y lugares, y plantear cuestiones existenciales: el concepto de infinito, lo relativo que puede ser para los seres humanos estar en el mundo, la diversidad cultural y natural de nuestro planeta y, al mismo tiempo, su insignificancia al compararlo con el universo. Cada lector puede encontrar preguntas de gran calibre en las lecturas que haga de este libro, que, además, puede convertirse en una herramienta muy útil en espacios de mediación de lectura, en talleres o en el aula de clase.
Publicado por primera vez en 1995, este libro, que ya se ha convertido en un clásico, hace una propuesta gráfica y editorial novedosa para su época. Aunque es un libro sin texto, sus imágenes no se pueden clasificar como “infantiles”, pues tienen un carácter que parece estar más cercano a la ilustración de revistas o afiches, con colores planos, líneas definidas y formas reales. Su portada totalmente roja, que resulta llamativa en cualquier librería o biblioteca, sus guardas y todas las páginas del lado izquierdo negras, el papel grueso y la impresión con colores vivos hacen que Zoom sea un libro, un objeto, un juguete y una obra de arte al mismo tiempo. Además, es uno de esos libros que no son para ningún rango de edad sino para todos lectores, que se puede leer de principio a fin y de atrás para adelante, y que permite muchas relecturas, pues en cada una va a ser posible encontrar un nuevo detalle o una idea diferente.
Valeria Baena
Literata con experiencia en gestión cultural y promoción de lectura en el ámbito de la escuela y las bibliotecas. Ha liderado y conformado clubes de lectura para niños y adultos en bibliotecas públicas y librerías.
Autor: Hugo Chaparro | 234 págs. | El Peregrino Ediciones | 2014
El museo de esta historia abarca el mundo entero, sus piezas son secretos de ámbar, pequeños objetos que doce amigos distribuyen por el mundo, dispuestos solo para aquellos de ojos atentos y rápidos. Es un museo itinerante, dentro de una novela que también es un museo itinerante; se experimenta en su interior una fascinante aventura intelectual, se está en muchos lugares del mundo, en diferentes épocas y en doce vidas, con tal intensidad que por momentos es necesario alejar el libro y preguntarse por el extraño artefacto que se sostiene en las manos, capaz de contener un universo único que se revela en diferentes textos que dialogan durante toda la novela: el ensayo, la poesía, el diario, la carta, la fotografía.
La señorita Shaff, historiadora del arte y curadora, se ha propuesto combatir a la oscura Orden de los caballeros del ámbar que ha hecho del arte un feudo, burlándose de su arrogancia y su avaricia, alterando la geometría tradicional del museo para contraponer a la quietud, a la inmortalidad y a la romería turística el azar, el destino y la experiencia. Para ello emprende una misión en la que reúne a doce amigos que viven en diferentes ciudades del mundo y que tienen diversos talentos y oficios en el arte. Serán retratados juntos en el palacio de Versalles por quien sea, quizá, el más entrañable de los viajeros de esta historia, Ryukichi, muchacho, vagabundo y fotógrafo fugaz. La fotografía de los doce está en la tapa del libro, a la que volvemos durante toda la lectura para ir reconociendo el rostro de las vidas que se nos narran y para constatar el semblante —el aura— de los viajeros en esa tarde de la primera avanzada del museo itinerante.
Irán dejando al azar, en lugares inauditos, pero a la vista de todos entre París, Cartagena, Ciudad de México, Buenos Aires y otras ciudades piezas de una colección de objetos de ámbar que pertenecieron a una emperatriz rusa del siglo XIX, conformando así el museo, en el despliegue del rumbo incierto que toman los objetos cuando hacen parte de la vida y del mundo, aceptando el movimiento y el cambio como condición de existir (“como ese grano de arena repetido en el desierto, estamos en todas partes”) y conscientes de que cada objeto guarda una historia y hace parte del guion de la vida de alguien, o de muchos. Los objetos y en este caso las piezas de arte no pueden ser propiedad de nadie: “su único dueño es la suerte”.
A la historia la sostiene un entramado simbólico y ritual poderoso, una filosofía del arte, una ética de la intuición y una teoría del tiempo que, imaginamos, el autor tejió por años, con la paciencia y el cuidado de un narrador artesano, filósofo y lector voraz; un tanto erudito y cínico, y otro tanto sencillo y enternecedor. Minucioso en el retrato de los doce protagonistas y de sus devenires existenciales, los conocemos no solo en la singularidad de sus biografías extraordinarias, también en el sentido que le dan a su experiencia vital y a su relación con el arte. La misión que les propone la señorita Shaff y que realizan con exactitud será documentada por ella en cartas, escritos e imágenes en un gesto de memoria y de provocación para el lector. Nos recuerda la potencia de existir y la fugacidad de la vida, la persistencia en ella y en lo indeterminado de nuestra condición: “Los jugadores se miran desconcertados. La suerte se está burlando de ellos. Saben que el azar decide cada uno de sus movimientos. Que obedecen a un destino impredecible. Pero nunca imaginaron que la geometría del juego se fuera a desordenar contradiciendo las reglas con un jugador sorpresa”.
Paola Roa
Lectora, bibliotecaria y profesora. Miembro del colectivo Prosa del Mundo, un espacio educativo y cultural en el que coordina actividades para el estudio de filosofías, pedagogías y políticas libertarias.
Nosotros
Ilustración Santiago Guevara
NOSOTROS
Sobre Tinta Impresa
Tinta Impresa es una publicación digital, de periodicidad cuatrimestral, que nace con la intención de abrir un nuevo espacio para conversar, recomendar y reflexionar sobre la lectura y los libros que se publican y circulan en Colombia.
Convencidos de que la conversación sobre lo que leemos es la mejor excusa para abordar los grandes temas de la vida, el Instituto Distrital de la Artes –Idartes- y la Fundación para el fomento de la lectura -Fundalectura- nos unimos para hacer posible que en cada número de Tinta impresa se encuentren un selecto grupo de escritor@s, editor@s, ilustrador@s, librer@s y promotor@s, pero sobre todo, grandes lector@s, que compartirán sus impresiones, gustos y reflexiones sobre algunas de sus lecturas, y que esperamos animen a otros a acercarse a esos libros o temas que serán los ejes de esta publicación.
Bienvenidos a esta conversación, y los invitamos a seguir nuestras redes para estar enterados de la publicación de cada nuevo número de Tinta impresa.
Para la primera edición de Tinta Impresa, como editora invitada elegí el tema central del viaje. El viaje, o los viajes, porque encuentro que la palabra viaje tiene muchas maneras de abordarse: hacemos viajes reales, viajes en el espacio, viajes simbólicos, viajes psíquicos, viajes líricos, viajes literarios, entre otros.
En esa búsqueda pensé en María Teresa Andruetto, o “Tere”, como muchos le decimos, porque creo que su obra, bella y amplia, aborda el viaje de diferentes maneras.
María Teresa es escritora argentina, nació en Córdoba, vive en Córdoba y se ha dedicado a la docencia y a la escritura. Estudió Letras y fue cofundadora del Instituto de Literatura Infantil y Juvenil en Argentina donde fue profesora durante muchos años. Hace unos talleres de escritura maravillosos y además escribe cuentos, novelas; escribe para adultos, escribe para niños y escribe una poesía hermosa que llega al alma. Para mí, Tere es, sobre todo, poeta.
Ha ganado varios premios, entre ellos uno muy importante que nos hizo sentir orgullosos a todos los latinoamericanos: el Premio Hans Christian Andersen de literatura infantil y juvenil, en 2012, que, para los que no lo conocen, es como ganarse el Nobel de los libros para niños y jóvenes.
Nos encontramos con Tere, vía Zoom.
Beatriz Helena:.
Tere, revisando tu obra maravillosa, en el tema del viaje, de los viajes, hay un libro emblemático, Stefano1 : la travesía de ese joven que viene de Italia hacia América en lo que yo creo que se plantea como el inicio de una historia familiar. Hay muchos viajes en Stefano. Cuéntanos un poco sobre esos viajes.
María Teresa:
Stefano es en su estructura una novela de viaje. Podemos decir que hay muchos modos de viajar; es una novela de viaje en el sentido de que ocurre un poco en barco, un poco en tren, un poco a pie. Pero tiene varios sentidos el viaje aquí, porque es además el viaje de un migrante que sale de un país para buscar su lugar en otro. Y es también el viaje de un niño hacia su condición de hombre, porque cuando Stefano sale es todavía un muchachito, y cuando la novela termina, cuando se detiene en algún lugar —porque él todo el tiempo de la novela va viajando—, cuando finalmente ancla, es fruto del amor. Cuando la novela lo deja, él ya es un hombre, y esa palabra, hombre, es precisamente la última palabra del libro.
Y a mí me parece también que Stefano es un viaje desde la madre a la mujer amada, o a la compañera. Todos hacemos ese viaje desde la casa hacia la nueva casa en la que vamos a vivir, con un compañero o compañera, o a veces solos.
Y sí, Stefano también tiene mucha marca familiar, porque mi papá era italiano, la familia de mi mamá también. Ella no, ella nació en Argentina, pero mis abuelos maternos habían llegado a América a fines del siglo XIX, eran campesinos pobres italianos que habían venido de un pueblo a otro pueblo, así como llegó la emigración italiana y gallega, inmigración pobre.
Mi papá, en cambio, vino después de la Segunda Guerra. La suya era otro tipo de emigración, porque él tenía estudios superiores allá. La suya fue una emigración por una decepción política. Terminada la guerra, él, que había estado en el movimiento partisano, tenía ya veintiocho años cuando llegó al país. Y aunque esa no es ni la edad de Stefano ni la época en que viene Stefano —y solo algunas de las cosas que le pasan al personaje tienen que ver con mi papá y mi mamá—, lo que más tiene que ver con mi familia es el comienzo y el final de esa historia. El comienzo en el sentido de que mi papá contaba que le había prometido a su madre regresar en diez años a Italia, y el final porque de un modo parecido al de la novela fue como se conocieron mi papá y mi mamá.
Y aunque yo de chica no viajé mucho, pues vivíamos en el pueblo en una situación económica apretada, y mis viajes fuera del país han sido todos de adulta, ligados a la escritura, invitaciones y demás, yo soy la hija de un viaje, soy la hija de un hombre que hizo un viaje muy largo, como se hacía en esa época.
Todos los años, cuando yo era chica, cada 28 de noviembre —el día en que él había llegado al país, en 1948—, mi papá sacaba un álbum de fotos del viaje y recorría con mi madre el viaje hacia Argentina, que era también un viaje hacia ella.
BH:.
Hay un tema que tú exploras muchísimo que es la memoria, el viaje al pasado. En Lengua madre, otro de tus libros, viajamos al pasado a través de los álbumes de fotografía, del recuerdo de la abuela, de la madre 2. Cuéntanos un poco de ese viaje a la memoria.
MT:
Antes hago un pequeño desvío: yo creo que hay dos grandes formas de encarar una novela, una es la novela de viaje, que, aunque no siempre cuente un viaje físico —puede ser el viaje de la memoria—, hace parte de esas novelas que hacen un tránsito temporal, y ahí está Lengua madre.
La otra manera de contar una novela es rodear un punto enigmático, que es lo que yo intenté hacer por ejemplo en La mujer en cuestión. Me parece que esas son las dos grandes formas de novelar, y, si se quiere, son geométricas, como una circunferencia o una línea.
Lengua madre tiene una línea de tiempo en la que la escritura va y viene. El lector se mueve entre la abuela, la madre y la hija, tres mujeres que juegan a la partida de naipes de su vida en un contexto que es la dictadura argentina.
Y todos estos viajes tienen una base de fondo, que es a su vez otro viaje, el de la búsqueda de identidad, que para mí es muy fuerte: quién es uno, quién es ese personaje, cómo se encuentra consigo, con su pasado. En Lengua madre estamos ante una mujer joven que, para construirse en el presente, necesita ver la historia de su madre y de su abuela, saber en qué se parece a ellas, a las que estuvieron antes, y en qué medida se diferencian.
Se trata de una búsqueda de identidad que es individual, un camino, un viaje que es también social porque soy yo buscándome a mí misma en los personajes; los personajes buscándose a ellos mismos en mis escritos, y así terminamos por ir hacia una búsqueda de identidad social.
En Argentina somos todavía una sociedad en construcción, entre los pueblos originarios, las grandes camadas inmigratorias, la negación durante tanto tiempo, por ejemplo, de la población negra. Recién ahora se está recuperando ese relato que durante mucho tiempo nos contamos a nosotros mismos acerca de que todo viene de la inmigración. Y aunque es un trabajo que está todavía en proceso en nosotros, es un viaje, también.
BH:.
En Veladuras3 se ve mucho esto que nos dices sobre la búsqueda de la identidad. La construcción de ese personaje que está fragmentado, desbaratado. Es bellísimo cómo vas poniendo las capas, una tras otra, para reconstruirlo.
MT:
Veladuras es un viaje de la protagonista hacia la cultura y la identidad de su padre, de su abuela. Es un viaje al ser, podríamos decir, a lo que ella es o quiere ser. Aunque es también un viaje físico: ella se va para curarse del alma, se va desde la llanura al noroeste, a un lugar muy alejado. En la novela es un lugar casi en el límite con Bolivia. Es un viaje de una cultura a la otra. La protagonista se llama Rosa Mamaní, un apellido aimara de una etnia que habita en el noreste de Argentina y en Bolivia. Rosa tiene una madre de origen inmigrante, gringa —acá no les decimos gringos a los norteamericanos, sino a los italianos—. Su madre es de origen inmigrante y su padre es de origen indígena.
En esa historia hay una elección de irse a otra parte, algo que también es interesante de los viajes. Me parece que los personajes de mis libros eligen trasladarse, irse de un lugar a otro buscando una vida mejor, una vida que a veces logran y a veces no. Una vida mejor que a veces es de orden económico, como Stefano, que sale de Italia para buscar trabajo en la Argentina, y otras veces de orden identitario, como Rosa Mamaní, que viaja para encontrarse con ella misma, con su parte originaria, que es la que ella elige ser.
En otro libro mío, El país de Juan4, una familia que está en el campo resuelve irse a la ciudad. Los malos gobiernos y las sequías los empobrecen hasta que deciden emigrar. En la ciudad la cosa no va bien y terminan por regresar a su lugar. Y ahora voy a contar algo muy personal: cuando de grande empecé a viajar y vi argentinos que vivían en otros lugares, sobre todo en los países europeos —porque aquí también muchas personas se han ido del país—, yo siempre sentí que uno vive mejor en su propio país, en su propio lugar, y esto tal vez sea porque a mí me parece que a mi papá, a pesar de todo, lo atravesó la tristeza de ese viaje.
BH:.
Tere, yo creo que esa tristeza, esa nostalgia están muy presentes en toda tu obra, todo eso que me cuentas me hace pensar en otro libro tuyo en el que el viaje es una búsqueda afectiva. Hablo de La niña, el corazón y la casa5. Para mí esa es una historia que conecta con tu noción de cómo la literatura permite tejer de otra manera los viajes dolorosos de la vida. Y quiero preguntarte sobre los viajes literarios, sobre cómo para ti el lenguaje es una manera, y la literatura otra, de viajar.
MT:
Bueno, yo me crie en un pueblo pequeño en la llanura, en una familia donde no viajábamos. Cuando yo era niña, la única salida del pueblo era para ir a ver a mis abuelos maternos, que vivían a 70 km. A mis abuelos paternos no los conocí, solo por cartas y fotos, porque vivían en Italia y esa era la salida.
Para entonces no había televisión en el pueblo, mucho menos internet, así que los viajes eran los libros y las historias, y lo que se escuchaba por la radio, y lo que contaba la gente acerca de su vida. Yo fui una niña tempranamente apasionada por los relatos, no solo por los libros que había aquí en casa, porque mis padres eran lectores y eso los diferenciaba en el lugar en que vivíamos. Éramos la única casa del barrio donde había libros; los chicos iban a mi casa a buscar libros para sus deberes. Pero a mí no solo me gustaban los libros, sino también lo que me contaban los adultos. Por ejemplo, teníamos un vecino, un señor ya mayor, como de la edad mía de hoy, y yo me iba hasta la casa de él y a la vuelta él me contaba películas. A él le gustaba el cine y a mí me encantaba, pero solo había un cine en el pueblo. Y aunque íbamos los domingos a la tarde al cine, me encantaba que él me contaba otras películas.
Del catecismo me gustaban las historias bíblicas o las vidas de santos, las de las santas, sobre todo, todas esas historias eran viajes hacia otras personas, hacia otras vidas, hacia otros lugares.
Y, claro, la literatura también siempre ha sido un modo de sanar, porque permite, llamémoslo, un sufrimiento o una alegría, que está ahí, pero que no son los de la vida, sino una metáfora de todo eso. Grossman, escritor israelí, dice que los cuentos son el único lugar donde está la herida y su curación, por eso a uno le duelen los personajes, le alegran o los disfruta, y a veces sufre con ellos, pero también en los cuentos está la cura de todo eso.
Los cuentos son el único lugar donde está la herida y su curación.
BH:.
En ese libro maravilloso Hacia una literatura sin adjetivos6 dices: “porque un libro es un viaje que se hace a partir de capas y capas de escritura, de sucesivas evidencias a la forma para lograr un tono, para buscar un ritmo, para que suene bien, para que se vuelva familiar lo que era extraño, para que se vuelva extraño lo que era familiar, buscando que lo conocido se rompa, se esmerile, se estalle la ruptura que deje ver por debajo algún resplandor de eso que llamamos vida”.
MT:
Porque también escribir es para mí un viaje muy hondo, es un camino de conocimiento, un viaje hacia algo que uno no sabe y que va descubriendo a lo largo de la escritura.
Hay un libro mío muy pequeño que no sé si circula en Colombia, titulado El árbol de lilas7. Ahí una mujer que pasa de largo frente a un hombre, viaja por el mundo buscándolo, hasta que se da cuenta de que era aquel que estaba el comienzo y que ella no pudo verlo. Muchas veces me han dicho —y ahí descubrí que a partir de la lectura de otros también se aprende— que esa historia es como los cuentos tradicionales, pero al revés, porque él es el que espera y ella la que busca y hace un viaje hacia el amor. Acá ella no es princesa, es normal, una mujer común que sale a buscar a quien ella va a amar, a su enamorado, y me parece que eso tiene mucho que ver conmigo. Es un cuento que escribí hace tiempo y yo fui viendo después que en realidad yo he sido así en la vida, he salido yo a buscar las cosas que quería, no he esperado, he tenido esa idea de la vida como un viaje, un desafío, un viaje hacia los trabajos o la escritura, la publicación, el amor. No me he sentado a esperar, sino que he trabajado para eso.
BH:.
Eso se nota. Y quiero tocar un tema que tiene que ver con lo que estás diciendo: tu búsqueda de la voz y el lugar de las mujeres. En tu libro Cacería8 es evidente. El primer cuento de ese libro para mí es magistral. Cuéntanos sobre esa búsqueda tuya, ese viaje por la voz y el lugar de las mujeres.
MT:
Yo tengo una genealogía de mujeres fuertes, pero no fuertes porque anularan el lugar del varón. Mis abuelas, sobre todo de la línea materna, fueron mujeres que tuvieron que ser jefas de hogar por haber tenido a sus maridos enfermos, por viudez temprana, por distintas cuestiones de la vida, y conoces algo ahí en esa fuerza de las mujeres. Luego, yo también tengo una cierta militancia en organizaciones de mujeres; bueno, esa potencia de las mujeres, que es una potencia distinta a la de los varones, tiene mucho que ver con las redes de contención amorosas, de cuidado, de defensa de lo propio y bueno. También tengo dos hijas mujeres, tuve una hermana mujer muy importante para mí, una red de amigas.
Todo eso aparece en las escrituras y también me he enojado con muchas cosas que han sucedido ahora, en la lucha de las mujeres en Argentina, pero también me he enojado con escritores varones que nunca citan a mujeres, y entonces he puesto escritos en los epígrafes, las he citado, las he leído en cantidad.
Trabajo con mi hija y otra mujer en una colección de rescate de narradoras argentinas olvidadas, con una editorial universitaria de aquí, y con ellas hacemos una recuperación de obras de escritoras que ya no están, como parte de la búsqueda de una genealogía de escritoras mujeres.
El poeta italiano Eugenio Montale dijo que hacen falta muchos hombres para hacer un hombre, yo digo que hacen falta muchas mujeres para hacer una mujer y hacen falta muchas escritoras para hacer a una escritora.
BH:.
Quisiera cerrar con un poema tuyo, porque no podemos dejar a nuestros lectores sin saborear tu poesía:
Entre tus fauces
Río de lomo azul donde navego
con la cabeza otra vez contra
la orilla, devuélveme el resuello
y el talle que he tenido entre tus fauces;
y esta memoria que se lo come todo,
llévatela. Aquella niña calando
sandía en el patio y los amargos
granados abiertos, diamantes
de azúcar, llévatelos. Llévate también
a ese hombre de cejas espesas
y mirada viva que me ha mirado tanto.
Llévate los días, y el recuerdo
de los días, y la tarde en que se fueron,
y el abrazo. Muchas veces Caronte
me pidió que entregara la dádiva,
y yo la di, y los subí a la barca,
y los empujé hacia el agua
que hace sombra. Vuelve siempre
un camino de cipreses y el crujido
de mis pasos en la arena. Vuelven
los que trazan la huella de los días
y reclaman: Mira hacia arriba.
Y yo por el cielo, huérfana, buscando
el Caprino, los Gemelos, un recuerdo
de agua azul sin alimañas. Mira
hacia arriba, dicen, y yo en tus fauces
otra vez, contra la orilla.
MT:
Gracias, Beatriz.
Beatriz Helena Robledo
Escritora, promotora de lectura e investigadora en literatura infantil y en procesos de formación lectora. Ha escrito libros de ficción y biografías.
Viajar es poner en suspenso la realidad. Quizás allí esté su mejor encanto. El viajero se desprende de las coordenadas que le signan un espacio y un tiempo controlados, reglados, y casi siempre marcados por los de los otros con quienes convive.
Cuando era madre joven con niñas pequeñas, los viajes me producían una sensación ambigua pero grata. Por un lado, sentía que recuperaba el tiempo, que el tiempo era de nuevo mío y que el espacio estaba signado por el azar, por lo inesperado, y eso me generaba emoción. Una adrenalina que me revitalizaba y me sacaba de las rutinas diarias obligatorias. Por supuesto, también me generaba culpa, porque, es extraño, las madres siempre tenemos culpa. Es algo cultural y educativo y que viene de sometimientos muy atávicos, y pesa. Sin embargo, para aliviar la culpa, trataba de suplir mis ausencias con el lenguaje: les narraba a mis hijas los viajes con los lentes del detalle, les describía las escenas, las personas, los paisajes. Y espero —aún hoy— que esas ausencias hayan sido cubiertas por la magia de la palabra.
No todo el mundo es viajero por naturaleza. Hay algo del viaje que produce miedo o cansancio, y no me detendré en estos sentimientos porque no los conozco de primera mano. He escuchado de personas cercanas a las que permanecer en el mismo lugar les da seguridad y los tranquiliza. El ser humano, por fortuna, es diverso y complejo.
No todo el mundo es viajero por naturaleza.
Viajera por trabajo
Viajar por asuntos laborales, en mi caso, me ha traído grandes satisfacciones, me ha permitido conocer mucha gente con costumbres e ideas muy distintas. Pero el viaje también me queda en el recuerdo, esa variedad de sonidos, de entonaciones, de olores de cada lugar: el de la salinidad de las playas, el de la humedad, el del musgo, el de una escuela clavada en la montaña; el olor a aceite quemado de las terminales de buses, en contraste con los matices de los perfumes del duty free, que me dejan mareada; el olor a pescado frito de los pueblos a orillas de los ríos o el sabor picante mezclado con la acidez del tomate de los pueblos mexicanos. También imágenes tan nítidas que aún hoy, después de muchos años, puedo cerrar los ojos y verlas, sentirlas (y que además las fotografías me ayudan a recordar): un rebaño de ovejas en Marulanda (Caldas) que atraviesa la carretera en la cima de la montaña helada; una montaña dorada, erguida en su orgullo milenario y a los pies un sembrado verde, fértil, un viñedo en el valle del Elqui en Chile; los mercados atiborrados de dulces caseros en el sur de Chile, de mariscos frescos conservados en montañas de hielo en el market de Seattle; el puesto de chorizos, longanizas, salchichones, como una apología fálica instalada en el inconsciente colectivo en el mercado de Porto Alegre (Brasil); el colorido de las frutas y verduras en México; la sagrada majestuosidad de La Huasteca en Monterrey; una niña durmiendo a su muñeca dentro de un libro en un pueblo perdido en las montañas de Caldas; una cascada transparente que ruge cerca de Mocoa (Putumayo); o la sensación que produce navegar por el río Amazonas y sentirse en el mar al no ver las orillas.
También esos viajes me han permitido conocer de cerca la realidad social de este país. Tengo imágenes reveladoras en diferentes momentos de su historia política. Copio del diario que acostumbraba llevar en mis correrías por las zonas más apartadas, entregando libros, organizando bibliotecas, evaluando programas:
La cadencia de las ciclas al pasar genera un aire de tranquilo sosiego que no tiene nada que ver con las historias del campo sobre los muchachos, los enfrentamientos continuos entre la guerrilla y el ejército, los bombardeos a los cuales la gente ya se ha acostumbrado. San José parece un nido abandonado en la selva, pero protegido en su interior. Ver pasar a los adolescentes charlando al ritmo de un pedaleo lento no tiene relación con el acto cruel y violento que sucedió el año pasado cuando los muchachos fueron emboscados por el ejército. Venían caminando por una trocha y fueron bombardeados. Cientos de ellos murieron, fue terrible, cuenta la inspectora de planeación. Antes los muchachos ni siquiera terminaban el colegio. Si perdían el año se iban para el monte. Ahora prefieren irse a raspar coca. Se hacen diez, quince mil pesos diarios. Incluso las niñas se enamoraban y se iban. Ya no es tanto. Ahora los atrae más la coca. En Miraflores, por ejemplo. ¡Ah, Miraflores! Hay algo mágico y alucinante en Miraflores. Su calle principal es el aeropuerto. Vi la fotografía en el Instituto de Cultura. Al lado y lado de una pista hay tres hileras de casas. Esa fotografía fue animada por diversos comentarios que lo hacen a uno querer ir a Miraflores, pero ir allí es muy costoso. El solo viaje cuesta más de treinta mil pesos [1994]. Solo se puede ir en avión. La entrada por el río significa mínimo una vuelta de tres días. Allí todo vale mucho dinero. Perfumes finos, ropa importada, restaurantes donde le preparan lo que pida, vida de bonanza, espejismos que brillan y deslumbran. Allí tenemos un bachillerato agrícola. “Se imagina qué les vamos a enseñar a cultivar, si tendrían que competir con el cultivo de la coca”, afirma el secretario de Educación Departamental. […] En Miraflores quedó una caja viajera en la estación de bomberos. ¿Qué será de esa caja? ¿Qué será de esos libros?
San José parece un nido abandonado en la selva, pero protegido en su interior.
Encuentro también entre mis notas estas, sobre un viaje de trabajo con muchachos desvinculados del conflicto, confinados en un hogar transitorio en Bucaramanga:
Después trabajamos las siluetas tamaño natural para luego hacer creación de personajes. Esto les entusiasma. Se apoyan: uno dibuja al otro y viceversa. Algunos muchachos, los más inseguros quizás, dicen que no quieren. Sin embargo, poco a poco se van animando. Apoyo el trabajo de cada uno orientándolos en la construcción del personaje: quién es, cómo se llama, qué hace, dónde vive, con quién vive, cómo es su manera de ser. Ponemos varios materiales a su disposición: témperas, marcadores, crayones, colores, lanas, papeles de colores. Andrés dibuja un karateca, Alberto Amado pregunta si puede hacer un uniforme camuflado, le digo que claro, que si eso es lo que quiere, qué colores necesita. Pide verde, negro y amarillo. Supongo que va a pintar a un guerrillero, pero dibuja un soldado. Se concentra tanto que dura toda la tarde vistiendo a su personaje. Leonel se va solo a un cuarto y crea a Juan, un señor de veinticinco años que trabaja en un taller de motos. A Juan le gusta la mecánica. Arnold trabaja con Lina desde el comienzo. Entre los dos construyen el personaje de una secretaria, alegre, buena persona, que vive con su esposo y sus hijos y pasa los días sentada en un computador. Juan Esteban empieza a hacer el personaje de un nadador. Le pinta su pantaloneta de baño. Prepara el color para la piel, pero no le sale el rosado que esperaba sino un morado que asocia con la muerte. Decide ahogar al nadador. Juan Esteban venía de un grupo paramilitar.
Supongo que va a pintar a un guerrillero, pero dibuja un soldado.
Viajar a pie
Otros son los viajes a pie. De esos me he alimentado no solo en vivo sino a través del testimonio escrito de los caminantes. Desde Viaje a pie de Fernando González, pasando por Caminar, de Thoreau, por la biografía de Hölderlin, hasta llegar a Stevenson. Hay mucha sabiduría en esos textos, que son como diarios llenos de reflexión, y todos coinciden en cómo la mente, el espíritu y la imaginación se activan al caminar. Y más aún si caminamos en medio de la naturaleza. En Viaje a pie, Fernando González se burla de todo, tanto así que fue prohibido por el arzobispo de Medellín y también por el obispo de Manizales por “atacar los fundamentos de la religión y la moral con ideas evolucionistas y hacer una burla sacrílega de los dogmas de la fe”1. Además de la libertad que le da el camino entre Medellín y Manizales para expresar todos sus pensamientos sobre la época, la sociedad y la Iglesia, en este libro Fernando González nos invita a un viaje por nosotros mismos y a descubrir el ritmo propio, la capacidad del cuerpo y la libertad del pensamiento.
Fernando González nos invita a un viaje por nosotros mismos .
Robert Louis Stevenson, por su parte, es muy acertado al afirmar que “para gozar de modo apropiado una caminata, esta debe hacerse solo. […] pues su esencia es la libertad; porque uno debe poder detenerse o continuar, seguir este camino o aquel otro, según el capricho del momento; y, sobre todo, porque debemos ir a nuestro propio paso […] también debemos estar abiertos a todas las impresiones y dejar que nuestros pensamientos tomen el color de lo que estamos viendo. Debemos ser como el humo de la pipa a merced del viento […] No debe oírse un cacareo de voces alrededor, que rompa el meditativo silencio de la mañana; y en la medida en que un hombre esté razonando, no puede entregarse a esa fina embriaguez que produce el moverse al aire libre, que comienza con un deslumbramiento y una pereza en el cerebro, y termina en una paz que sobrepasa toda comprensión”2.
Henry David Thoreau, por su parte, hace una hermosa exaltación acerca del “deambular”, palabra que según él viene de la Edad Media y se refiere a aquellos caminantes sin tierra que iban en dirección a Tierra Santa. Cuenta Thoreau que los niños gritaban: “Va a Sainte Terre”: de ahí saunterer, “peregrino”. Sin embargo, él mismo da otra versión del deambular, que le gusta más (y que suscribo): “Hay quienes, sin embargo, derivan la palabra de sans terre, ‘sin tierra u hogar’, lo cual, en el buen sentido, significaría ‘sin un hogar en particular’, pero también, a la vez, ‘cuyo hogar está en todas partes’3.
Para Thoreau caminar era un arte y así lo vivía.
Friedrich Hölderlin, en cambio, caminaba para recuperarse, para nutrirse de la relación íntima con la naturaleza: “… disfrutó de sus vagabundeos sin que nadie le esperara, y por las noches, en los albergues, escribía las frases que se le habían ocurrido durante el día, al son dictado por sus marchas, sumido en un agradable trance. Veía sin verlo el paisaje que había atravesado, o lo veía tan solo al cabo de un rato, cuando ya se encontraba lejos”4.
“Hölderlin caminaba días enteros solo para ir a visitar a un amigo y luego regresar.” Recuerdo lo que sentí al leer esto en la hermosa biografía sobre el poeta de Peter Härtling. Lo amé profundamente. Hay allí un acto ético de la amistad.
De niña, papá nos invitaba muchos domingos a caminar por las montañas. Él solo anunciaba y nosotras, cuatro hermanas, elegíamos si íbamos o no. Yo siempre aceptaba la invitación. Es más, no dormía la noche anterior, plena de emoción. En la noche ya empezaba a oler el aire fresco y helado de la montaña que me esperaba, el olor a humedad transparente de los páramos, el sabor de las moras silvestres, los dedos congelados por las nieves del Ruiz. Esas caminatas, esos viajes por la naturaleza hacen parte de mi identidad, gracias a que los viví desde pequeña. Luego vinieron muchos otros, pero esos viajes a la montaña, siendo una niña, son para mí fundacionales.
De allí que asocie el viaje con literatura: crónicas, novelas, obras teatrales e incluso poemas que nos ponen en movimiento. Pienso en “Ítaca” de Cavafis.
Cuando emprendas tu viaje a Ítaca pide que el camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de experiencias. No temas a los lestrigones ni a los cíclopes ni al colérico Poseidón, seres tales jamás hallarás en tu camino, si tu pensar es elevado, si selecta es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo. Ni a los lestrigones ni a los cíclopes ni al salvaje Poseidón encontrarás, si no los llevas dentro de tu alma, si no los yergue tu alma ante ti.
Las caminatas con mi papá siempre estaban acompañadas de la palabra viajera. Esos viajes que hice de niña siempre incluían historias, relatos de la colonización antioqueña, o de las épocas en que el café era la base de la economía de la región y se enviaba para ser exportado a través de los vagones de las torres del cable que llegaba hasta Mariquita, o de las sustancias químicas que componían la lava de la garganta profunda del cráter del Ruiz. Papá era ingeniero y todo el mundo de la ciencia y la técnica le interesaba. La narración y el viaje comparten en mi recuerdo la misma naturaleza.
Y aunque el viaje tiene la misma naturaleza de la ficción, de los mundos posibles, hay viajes tan signados por la realidad que nunca consiguen alcanzar el nivel de la ficción, viajes que parecen el infierno: me refiero a las diásporas, a los desplazamientos, las huidas… ¿Dónde queda la redención de quienes tienen que huir y dejarlo todo?, ¿de quienes han tenido que improvisar la vida a cada rato y salir a escondidas con la muda de ropa que llevan puesta, poniendo a salvo la vida y reduciendo la condición humana a la simple pero precaria supervivencia?
Me viene a la memoria ese libro “urgente, cautivador y magnífico” —como lo califica Jon Lee Anderson en el prólogo— de Valeria Luiselli titulado Los niños perdidos, y lo traigo a este escrito porque creo que concentra la miseria y la realidad de los viajes sin finales, aquellos cuya motivación inicial es la huida para salvar la vida, así se corra el riesgo de perder la vida en el camino, y se hace más aterrador cuando de niños se trata:
—Pero, ¿cómo termina la historia de esas niñas perdidas? —insiste mi hija. —No sé cómo termina— le digo. Mi hija vuelve a la misma pregunta siempre, con esa insistencia tenaz de la que solo los niños muy chicos son capaces: —Pero, ¿qué pasa después, mamá? —Después, no sé 6.
Viajes literarios
Los viajes literarios, tema central de esta edición, se pueden emprender de muchas maneras: están los viajes que hace el lector encontrando conexiones entre una obra y otra, es el caso del texto de Giuseppe Caputo que podrán disfrutar los lectores en este número, titulado “Traviamento”. Los viajes hechos a través del lenguaje, como el que nos cuenta María Teresa Andruetto en la entrevista “Soy la hija de un viaje”; o los viajes a través del arte y la poesía, como al que nos invita Ramón Cote con sus bellos poemas; el viaje por la ciudad, para descubrir personajes sorprendentes, inesperados, como el de la crónica de Cristian Valencia, titulada “Un panalivio para Maricielo”.
Aquí encontrarán también reseñas de viajes diversos en los libros: viajes a la memoria, a la búsqueda del sentido de vida, al universo partiendo de la cresta de un gallo; suicidios; las desgracias, los misterios y las maravillas del continente africano; huidas y migraciones; travesías de los animales que no necesitan equipaje; cambios de identidad, museos itinerantes, viajes por el lenguaje con la intención de domarlo y lograr que exprese el flujo de la conciencia, en fin… viajes reales, viajes soñados, viajes sin retorno.
Aquí encontrarán también reseñas de viajes diversos en los libros.
¡Solo me queda desearles a los lectores una buena travesía!
Beatriz Helena Robledo
Escritora, promotora de lectura e investigadora en literatura infantil y en procesos de formación lectora. Ha escrito libros de ficción y biografías.
Entre el ensayo, el collage y el diario de lecturas, este texto es un viaje literario por algunas novelas fantásticas como Canción de Navidad (Charles Dickens), Alicia en el País de las Maravillas (Lewis Carroll), El mago de Oz (L. Frank Baum), Peter Pan (J. M. Barrie) y Las crónicas de Narnia. El león, la bruja y el armario (C. S. Lewis), pero también por libros de no ficción como Hambre y seda (Herta Müller) y Regreso a Reims (Didier Eribon).
En la cama sencilla de mi infancia, durante los tiempos de mi enfermedad, que me tumbaban de repente a cada tanto, leí muchas veces Canción de Navidad, de Charles Dickens. Creo que, al día de hoy, es la historia a la que más he vuelto, el libro que más he leído. Faltando poco para el 25 de diciembre, el tirano y millonario Scrooge, de “ásperas y rígidas apariencias”, recibe la visita de un fantasma sufriente y terrible. Es su antiguo socio Marley que, “arrastrando la cadena que forjó en vida”, se aparece con una advertencia: si Scrooge no cambia, su futuro en la muerte será peor que el del compañero fallecido, mucho más larga la cadena y la tortura. Antes del encuentro, Dickens nos muestra lo gravemente repugnante que es Scrooge: no solo es mezquino y abusivo en su negocio (insulta al sobrino, “feliz a pesar de ser pobre de sobra”, y amenaza con dejar sin trabajo a Bob, su muy precarizado escribiente), sino que se atreve a decidir quién puede vivir y quién no: afirma, de ese modo, que es urgente permitir e incluso llevar a los pobres a que mueran de hambre para que descienda el exceso de población (el suyo es el más puerco y explícito fascismo).
La historia es muy conocida y ya sabemos lo que pasa. Marley ofrece a Scrooge una esperanza: si recibe la visita de tres espíritus (el de las Navidades Pasadas, el de la Navidad del Presente y el de las Navidades Futuras) y viaja con ellos en el tiempo, a lo que ha sido y será su vida, pero también a las casas de su sobrino y empleado (a la intimidad de ambos esa misma noche con sus respectivos amigos y familiares), el millonario podrá transformar su destino, evitar la condena que lo aguarda. A regañadientes, Scrooge recorre los caminos de tiempo que cada espíritu le muestra y, al final del largo viaje por su pasado intransformable y su futuro posible, y por el duro presente de las personas pobres que conoce, aprende la bondad (la bondad, escribe el propio Dickens, como capacidad de intervenir para bien en situaciones humanas) y anula su condena. El futuro será distinto.
Siempre, en los muchos regresos al libro, he pensado que el de Scrooge es un viaje de la infancia a la muerte. Lo sigo pensando, pues la propuesta de Dickens es clara: un hombre empieza a revivir (no a recordar, sino que literalmente vuelve a vivir) fragmentos de su vida, para luego previvir unos sucesos que no han ocurrido todavía (literalmente los vive de antemano): brevemente, intensamente, va del mundo y del tiempo en los que fue niño, al mundo y al tiempo en los que va a ser cadáver.
Siempre, en los muchos regresos al libro, había pensado que el de Scrooge es un viaje de la infancia a la muerte.
Hace poco, sin embargo, incapaz de leer algo distinto a libros que yo creía ya conocía muy bien, volví una vez más a Canción de Navidad. En esa ocasión, me fijé especialmente en una escena que nunca me había provocado mayor conmoción (y entonces, el recuerdo de Italo Calvino, que escribe: “Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera”). En la escena, y por obra del Espíritu de las Navidades Pasadas, Scrooge se contempla a sí mismo: está muy joven, “en la primavera de la vida”, escribe Dickens, “y ya empezaba a mostrar las señales de la avaricia”. Discute con una mujer, su pareja en ese momento, a punto de terminar la relación. “Yo he visto desaparecer tus más nobles aspiraciones”, le dice ella, “una por una, hasta que la pasión principal, la Ganancia, te ha absorbido por completo… ¿Puedo creer que elegirías a una muchacha pobre, tú, que en íntima confianza con ella solo considerarías la Ganancia?”. Scrooge balbucea, trata de defenderse, pero ella se despide: “¡Ojalá seas feliz en la vida que has elegido!”.
En la versión de la obra que leí el año pasado, de Fall River Press, Scrooge ruega al Espíritu que no lo obligue a ver más, no quiere pasar de nuevo por esa ruptura. Sin embargo, en la edición que leí de niño, adaptada a cómic, hace muchos años perdida, había algo más: Scrooge trata de hablarle desesperadamente a su yo más joven. Le grita, ya sabiendo cómo será su vida: “¡No la dejes ir! ¡Estúpido, no la dejes ir!”. El viejo llora, grita más (es consciente de su alienante soledad), pero no hay nada que pueda hacer. Lo pasado había pasado. La chica volvía a irse. Así había sido y así volvió a ocurrir ante el Espíritu de las Navidades Pasadas.
Más que un vértigo al pensar, llevado por la escena, en todo lo que es irreparable (en la imposibilidad de echar atrás y hacer undo, acudir al Control+Z, como tantas veces he hecho ya mientras escribo esto), y más que ver a Scrooge como a un viejo terriblemente arrepentido (que lo es, lo era), lo vi como a alguien con esta claridad: se había extraviado. En Llámame por tu nombre, André Aciman escribe: “Todo el mundo atraviesa un periodo de traviamento (extravío, en italiano): cuando tomamos un camino diferente en la vida, la otra vía”. Scrooge se dio cuenta de que, años antes, había tomado el otro camino. Y pensé en mi padre, inmigrante, que llegó a Puerto Colombia, muy cerca de Barranquilla, a sus veinte, luego de años de hambre en la Italia de la posguerra. En el Caribe vivió hasta su muerte, a los 72 años, y en su medio siglo de vida, gritó muchas veces, ante las terribles noticias de Colombia, ante los desencuentros permanentes con nosotros, su familia, o ante las deudas que tenía por su negocio de pinturas: “¡Me equivoqué de barco!”. Con eso quería decir que absolutamente toda su vida desde que había dejado Italia, todo lo que había hecho desde la decisión de tomar con su hermano, mi tío Ernesto, el barco Marco Polo (ese barco y no otro), todo, absolutamente todo, era la consecuencia de una decisión equivocada, definitiva e imposible de deshacer.
André Aciman escribe: “Todo el mundo atraviesa un periodo de traviamento (extravío, en italiano): cuando tomamos un camino diferente en la vida, la otra vía”.
⎯Papi, ¿cómo estás? ⎯Mal. ⎯¿Por qué? ⎯Me equivoqué de barco.
Después de Canción de Navidad, y extendido el confinamiento en Bogotá, también volví a leer Alicia en el País de las Maravillas, El mago de Oz, Peter Pan y Las crónicas de Narnia. El león, la bruja y el armario, de Lewis Carroll, L. Frank Baum, J. M. Barrie y C. S. Lewis, respectivamente. En cada libro, unas niñas se extravían (toman el otro camino) y terminan en un mundo desconocido.
Y entonces, sentada en una orilla, al borde del aburrimiento, Alicia ve a un conejo vestido con chaleco que consulta un reloj. “Al principio no le pareció extraño”, escribe Carroll, “oír que el Conejo se dijera a sí mismo: ‘¡Dios mío, Dios mío! ¡Qué tarde voy a llegar!’”. Pero Alicia entiende luego que acaba de ver algo inédito, da un brinco y sigue al conejo hasta una madriguera. “Ahí se metió Alicia al instante”, sigue Carroll, “sin pensar ni por un solo momento cómo se las ingeniaría para volver a salir”. Y empieza a caer: “O el pozo era muy profundo o ella caía muy despacio; el caso es que, conforme iba cayendo, tenía tiempo sobrado para mirar alrededor y preguntarse qué iría a suceder después… Abajo, abajo, abajo… ¿Es que nunca iba a terminar de caer?… ‘Debo de estar llegando al centro de la Tierra’, dijo Alicia en voz alta”. Pero llega al País de las Maravillas.
Luego, un huracán azota Kansas, la tierra gris donde vive Dorothy con sus tíos y su perro Toto en una casa de madera de una sola habitación. Cuando empieza a llegar el fuertísimo viento, los tíos se esconden en el sótano, pero Dorothy y Toto no alcanzan a bajar. “Entonces ocurrió algo muy extraño”, nos cuenta Baum. “La casa dio tres vueltas en redondo y, poco a poco, se elevó por los aires. Dorothy tuvo la sensación de estar en un globo”. La niña y el perro viajan kilómetros y kilómetros hasta que llegan al País de Oz, y Dorothy da un primer vistazo a ese mundo lejano: “El huracán había depositado la casa (con mucha delicadeza para ser un huracán) en medio de un paisaje de increíble belleza. Por doquier había preciosos espacios de verde césped, con soberbios árboles cargados de hermosas y deliciosas frutas. Aquí y allá destacaban parterres de espléndidas flores, y pájaros de raro y brillante plumaje cantaban y revoloteaban entre los árboles y arbustos. Un poco más lejos corría un centelleante arroyuelo entre verdes orillas, y con sus aguas parecía cantarle una agradable canción a la niña que durante tanto tiempo había vivido en medio de secas y grises llanuras”.
Por su parte, Peter Pan, quien “no quiere ser un hombre jamás”, sino “siempre pequeño para poder divertirse”, entra por la ventana del cuarto de Wendy y de sus hermanos, John y Michael. Quiere que los niños se deslicen con él a la tierra de los sueños, el País de Nunca Jamás, ubicado en la extraña pero ya muy conocida dirección: “En la segunda a la derecha y luego todo recto hasta el amanecer”. Gracias a un polvo de hadas, todos salen volando por el cielo de Londres, guiados por Peter, hasta que llegan a una isla señalada por un millón de flechas doradas. “Esto era obra de su amigo el Sol”, escribe Barrie, “que quería dejarlos bien encaminados antes del anochecer”. Allí, en la isla, viven Los Niños Perdidos, huérfanos que a cada tanto preguntan: “¿Qué es una madre?”. En cuanto llegan, Wendy y sus hermanos entienden que, aunque el País de Nunca Jamás era una invención, de pronto se hizo real. “Los tres hermanos”, explica Barrie, “descubrieron la diferencia entre una isla de mentira y esa misma isla convertida en realidad”.
En cuanto llegan, Wendy y sus hermanos entienden que, aunque el País de Nunca Jamás era una invención, de pronto se hizo real.
También por Londres, huyendo de la guerra, cuatro niños llegan a una casa muy vieja a las afueras de la ciudad; son Lucy, Edmund, Susan y Peter. Mientras juegan al escondite, Lucy entra a “una habitación que estaba totalmente vacía, a excepción de un enorme armario; uno de esos que tienen un espejo en la puerta”. La niña se esconde en el mueble, entre abrigos, “dejando la puerta abierta, desde luego, porque sabía que era una soberana tontería encerrarse en un armario” (oración que Lewis repite muchas veces a lo largo del libro y que, en esta relectura, me hizo pensar en los años de vergüenza en el clóset), pero de repente nota que algo cruje bajo sus pies. “¡Vaya, pero si son ramas de árboles!”, dice Lucy, y el narrador aclara: “Algo frío y blando le caía encima, y no tardó en descubrir que estaba de pie en medio de un bosque en plena noche con nieve bajo los pies y copos cayendo desde lo alto”. Así es como Lewis nos introduce a Narnia.
Sabemos que, en cada uno de estos mundos paralelos, hay un régimen de terror. En el País de las Maravillas está la Reina de Corazones, que tiene “un solo método para resolver los problemas, grandes o pequeños”: cortar cabezas (y al respecto, Alicia dice: “Aquí son terriblemente aficionados a decapitar, ¡y lo asombroso es que aún quede gente con vida!”). En el País de Oz están las malvadas Brujas del Este y del Oeste, que han esclavizado a los Munchkins y a los Winkies, y está, por supuesto, Oz, “el Grande y Terrible”, que tiene engañado a todo su pueblo (él mismo se sabe un farsante). En el País de Nunca Jamás está el Capitán Garfio, paseándose por la isla “cómodamente tumbado en un carro que arrastran sus hombres”, obstinado con matar a Los Niños Perdidos y a Peter Pan. Y en Narnia está la Bruja Blanca: ella ha sometido a esa tierra a cien años de invierno y convierte a sus detractores (o a cualquiera, según su antojo) en estatuas de piedra.
Casi todas estas tierras son liberadas de sus tiranos por las niñas que, luego de perderse, se quedan allá un tiempo (hacen del extravío un viaje de liberación, no tanto personal, sino de los esclavos y perseguidos). Durante una batalla feroz, y con la ayuda de Peter, Susan, Edmund y Lucy, Aslan el león mata a la Bruja Blanca. Luego de salvar a Wendy y a los demás niños, prisioneros en un barco pirata, Peter Pan empuja a Garfio al mar, donde lo espera un cocodrilo hambriento. Y en cuanto llega al País de Oz, la casa de Dorothy aplasta a la Bruja del Este, y muchas páginas después, también por accidente, la niña derrite a la Bruja del Oeste cuando le derrama agua. Pero en Alicia en el País de las Maravillas, la Reina de Corazones queda invicta: el libro termina cuando la niña, a punto de ser decapitada por orden de la tirana, despierta de su sueño.
Hacen del extravío un viaje de liberación, no tanto personal, sino de los esclavos y perseguidos.
Después de leer un libro tras otro (tirano derrocado tras tirana derrocada), sentí una frustración, una extraña tristeza al pensar que el régimen de la Reina continúa en el País de las Maravillas. Seguía escuchándola gritar: “Primero la condena, el juicio después… ¡Córtenle la cabeza!”.
Pasaron unos meses, y ya dispuesto a acercarme otra vez a obras que no hubiera leído nunca, llegué a la colección de ensayos Hambre y seda, de Herta Müller. Meses después de la relectura de Alicia, y habiendo olvidado la mencionada tristeza a causa del terror prolongado en el País de las Maravillas (¿tristeza es la palabra exacta, eso es lo que sentía?), supe, leyendo el ensayo “Sobre la frágil institución del mundo”, que cuando el dictador Nicolae Ceaușescu visitaba una ciudad en Rumania a finales del verano, sus servidores les daban una mano de pintura verde a las primeras hojas amarillas de los tilos. “Hasta las plantas dejaron de tener una existencia independiente, natural”, escribe Müller. “¿Qué queda de la naturaleza cuando suceden estas cosas? Incluso los paisajes se convertían en postales que ofrecían o fingían una belleza al servicio del poder… Ceaușescu temía tanto más la revolución de la materia del polvo, del aire, del agua cuanto más sometidas tenía a las personas”.
La imagen de aquellos servidores de la dictadura pintando de verde unas hojas amarillas me llevó de vuelta al País de las Maravillas, cuando Alicia descubre a tres jardineros pintando de rojo unas rosas blancas. “Aquí tenía que figurar un rosal rojo”, le explican a la niña, “y nosotros plantamos uno blanco por equivocación. Y resulta que, si lo descubre la Reina, nos hará cortar la cabeza”.
Durante mucho tiempo he pensado que la literatura puede cumplir ⎯y cumple muchas veces ⎯ nuestras fantasías de reparación psíquica y social.
Cuando leí el ensayo de Müller, y recordando las cabezas que aún ruedan en el País de las Maravillas por mandato de la Reina, pensé que también en lo que a veces llamamos vida real podemos cumplir esas fantasías de reparación que no cumplimos en la ficción. Ceaușescu, ya sabemos, fue acusado principalmente de genocidio (más de sesenta mil personas fueron asesinadas durante su régimen) y ejecutado a las afueras de Bucarest en 1989. El juicio fue primero que la condena.
pensé que también en la vida real podemos cumplir esas fantasías de reparación que no cumplimos en la ficción.
Y aunque el dictador no está, sus servidores quedan. En vida y en fantasía, todavía falta reparar. Me he preguntado si, en el País de las Maravillas, de haber sido decapitada la Reina, tirana de los corazones, los jardineros seguirían pintando de rojo las rosas blancas.
Por esos días, también leí Regreso a Reims, de Didier Eribon. Luego de haber escrito sobre la identidad sexual en obras como Reflexiones sobre la cuestión gay, Una moral de lo minoritario y Teorías de la literatura, Eribon indaga en ese libro por su identidad social: vuelve a la casa de su infancia, a los deseos que tenían sus padres pobres, así como a la forma de pensar y sentir de las personas con las que creció, todas pertenecientes a las clases populares; igualmente, trata de entender por qué su familia obrera, antes de voto progresista, ha estado votando por la extrema derecha en Francia; y, sobre todo, mira de frente su vergüenza social.
La herida provocada por la radical brecha entre clases de la que Eribon era muy consciente mientras crecía se va transformando en este regreso a Reims (regreso al origen) en una reflexión política movilizante. Cito un pasaje del libro: “En mi niñez, mis padres eran amigos de una pareja; el hombre trabajaba en las bodegas y la mujer era portera, en un barrio chic, de un palacete en el que vivía una de las grandes familias remenses del champagne. Vivían en la portería, cerca de las rejas de entrada. A veces íbamos a almorzar con ellos los domingos y yo jugaba con su hija en el patio ubicado delante del imponente edificio. Sabíamos que, más allá del tramo de escalones que daba acceso a la escalinata y a la puerta de entrada, coronada por una cristalera, existía otro mundo, del que solo teníamos unas pocas imágenes fugaces: un hermoso auto que llegaba, una persona vestida de un modo nunca antes visto… Pero sabíamos, con un saber prerreflexivo, en la inmediatez de la relación con el mundo, que había una diferencia entre ellos y nosotros, entre, por un lado, quienes vivían en esa casa y los amigos que los visitaban y, por el otro, los que vivían en el dos o tres ambientes que constituía la vivienda de los porteros y los allegados que recibían los días de descanso, es decir, mis padres, mi hermano y yo. ¿Cómo hubiésemos podido no ser conscientes del hecho de que existen clases sociales, tan grande era la distancia que separaba esos dos universos entre los que mediaban algunos metros? ¿Y no saber que pertenecíamos a una de ellas?… ¿Cómo no saber qué se es cuando uno ve cómo son los otros y hasta qué punto son diferentes de uno?”.
De ese pasaje, dos momentos tuvieron especial resonancia, pienso que a raíz de las lecturas que venía haciendo. Cuando Eribon escribe: “Más allá del tramo de escalones, existía otro mundo”, y cuando escribe: “Sabíamos que, en la inmediatez de la relación con el mundo, había una diferencia entre ellos y nosotros”. Entonces, si Alicia reconoce otro mundo después de caer por la madriguera; si Dorothy hace lo propio cuando es arrasada por el huracán; Wendy, cuando vuela con Peter; y Lucy, cuando entra en un armario, Eribon reconoce otro mundo más allá de una escalinata. Y al igual que todas las niñas que llegan a esos mundos paralelos, él detecta y sufre la tiranía que hay allá: “Me da asco ese mundo donde se humilla como se respira y vuelvo a sentir el odio por las relaciones de poder y las relaciones jerárquicas”.
Entonces, si Alicia reconoce otro mundo después de caer por la madriguera; si Dorothy hace lo propio cuando es arrasada por el huracán; y Wendy, cuando vuela con Peter; y Lucy, cuando entra en un armario, Eribon reconoce otro mundo más allá de una escalinata.
Es muy fácil reducir las novelas fantásticas que han hecho parte de este viaje literario al individualismo; pensar que sus protagonistas están atrapadas en su imaginación, en su propio yo. Todas, de hecho, se salen de su yo. Por eso me parece importante extraviarnos (salirnos de esa posible lectura) y tomar otro camino: destacar, sobre todo, la observación vulnerable de estas niñas, que da pie a la acción política. Entendida la tiranía que se ejerce en los otros mundos (que, por obvio que pueda parecer, están en este mismo mundo, como Eribon sabe reconocer), ellas actúan para acabar con el terror.
El segundo momento del pasaje resaltado, el de la diferencia entre ellos y nosotros, trajo de vuelta una escena de Canción de Navidad (y otra vez el recuerdo de Italo Calvino: “Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”). Con el Espíritu de la Navidad del Presente, Scrooge puede entrar a la precaria casa de Bob, su empleado, sin que nadie sepa que está ahí: de esa manera descubre que Bob tiene un hijo enfermo, Tim, que necesita una muleta y un aparato metálico para caminar. Y aunque, según Dickens, el viejo millonario es “más insensible a las súplicas que la lluvia torrencial”, lo vemos ablandarse. Entonces pregunta al Espíritu si Tim vivirá, a lo que este le regresa las terribles palabras que Scrooge pronuncia al inicio de la novela: “Si muere, hará bien, porque así disminuirá el exceso de población”. Como Scrooge parece arrepentido, el Espíritu continúa: “Deja esa malvada hipocresía hasta que hayas descubierto cuál es el exceso y dónde está” (se refiere, claro, a la acumulación de su fortuna). “¿Vas a decir quiénes deben vivir y quiénes deben morir? ¡Oh, Dios! ¡Oír al insecto sobre la hoja decidir acerca de la vida de sus hermanos hambrientos!”
En todo el viaje que hace Scrooge de su infancia a la muerte, quizás es la visión del pequeño Tim lo que más claramente provoca su transformación: el viejo, entre otros actos, sube el salario de Bob y apadrina generosamente al niño. Pero a diferencia de Alicia, El mago de Oz, Peter Pan y Narnia, Canción de Navidad sí se queda en el mundo del individualismo. Esta, más que ser una historia sobre la caridad desde la cual empieza a actuar una sola persona (que lo es), o sobre el aprendizaje de la bondad, como escribí al inicio, es la historia de un tirano que vive en el mundo “más allá del tramo de escalones”, para seguir con Eribon, y vislumbra cómo su riqueza afecta y determina al “mundo de la portería, cerca de las rejas de entrada”. Scrooge termina entendiendo la relación entre ambas clases sociales; lamentablemente no entiende que la caridad individual deja la relación y las circunstancias de ambos mundos intacta.
La frustración que sentí cuando Alicia despierta y deja allá, en un suspenso prolongado, la tiranía de la Reina, es más grave, más triste y rabiosa, cuando pienso en la tiranía que queda intacta en Canción de Navidad: es la misma tiranía del Regreso a Reims, la misma tiranía que nos sigue empobreciendo. Scrooge cambia, pero no “ese mundo donde se humilla como se respira”, para insistir en Eribon. Pero ya hemos visto que, en lo que a veces llamamos vida real, podemos cumplir esas fantasías de reparación que no cumplimos en los libros de ficción o en las novelas de fantasía.
Hay, en el País de las Maravillas, una duquesa que le busca moraleja a todo. “No hay cosa sin moraleja”, dice, “solo se precisa dar con ella”. Y aunque Alicia se atreve a decir: “Puede que no haya moraleja”, creo que en esta ocasión sí que la hay: si nos salimos del mundo del individualismo, de todas las tiranías nos podemos liberar.
Giuseppe Caputo
Fue uno de los escritores seleccionados en la lista del Hay Festival Bogotá 39 de 2017 y es el autor de las novelas Un mundo huérfano y Estrella madre.
Los viajes pueden ser un sinnúmero de cosas, pero en el fondo todos tienen en común la transformación; se es uno al emprenderlos, otro en el camino y otro al finalizarlos; por ello, se hace tan urgente contarlos, transmitirlos, procesarlos en compañía. Ahora bien, lo dicho no es tarea fácil, ya que existen infinitas maneras: puede hacerse por sensaciones, lugares, personajes, cronologías, entre muchas otras formas. Por mi parte, compartiré mi viaje como promotora de lectura de Libro al Viento a través de retos que plasmaron algunas experiencias significativas para mí.
El primer reto del viaje fue despertar una consciencia respecto a prejuicios que tenía sobre la lectura. Aquí se hace necesario mencionar que tuve el privilegio de pertenecer a una familia conformada por lectores y contadores de historias, que habían hecho de ello no solo un placer, sino también una profesión. En consecuencia, siempre estuve rodeada de libros y me encantaba escuchar y crear historias. No obstante, a medida que fui creciendo, mi perspectiva se fue distorsionando y los libros pasaron a ser la fuente de “verdadero” conocimiento. Fue así como dejé de lado cuentos, novelas, poemas que me habían apasionado y centré mi interés estrictamente en libros académicos, especialmente de Ciencias Sociales. Empecé a desestimar lo que otro tipo de textos podría brindarme, construí un discurso que reducía perspectivas distintas a la mía sobre la lectura.
Viviendo esta “etapa”, estudié en la universidad Sociología motivada por hallar algo que me formara para aportar a la transformación social, que me gustara, que me permitiera trabajar con personas y que me aproximara al área educativa, que siempre me inquietó. Al finalizar la carrera, me vi en la necesidad de conseguir trabajo, y, después de realizar unos talleres sobre la independencia de Colombia en una biblioteca infantil de un colegio, me encontré con la oportunidad de vincularme a Libro al Viento. Recuerdo lo significativo que fue para mí ver las actividades de mis compañeros. Trabajaban con distintas poblaciones a lo largo y ancho de Bogotá en lugares como plazas de mercado, universidades, bibliotecas comunitarias, hospitales y pagadiarios1, entre otros. Sus actividades desmontaron muchos de mis imaginarios. En primer lugar, el eje de estas no era el libro en sí mismo, más bien aquel era un medio para, a través de variadas estrategias, abrir conversaciones en las que cualquiera podría participar. El libro entonces dejó de ser la única fuente de conocimiento, porque también lo eran las personas y sus vivencias. Igualmente, a partir de esta experiencia recuperé algo que había demeritado: cómo la lectura puede ser una construcción de un intenso sentido colectivo, porque es un diálogo con ideas, sentimientos y saberes expresados por otros que pueden trasladar al lector a mundos y posibilidades nunca planteadas o hacerlo sentir identificado con personajes, situaciones, contextos.
Las siguientes paradas de mi viaje fueron los títulos de Libro al Viento. Hubo varios que ya conocía gracias a actividades del proyecto en parques, lanzamientos en ferias del libro de Bogotá y su presencia en casas de familiares. Recuerdo especialmente Versiones del Bogotazo y Bogotá contada. Mi primera lectura de los títulos de esta colección fue, desde una perspectiva individual, limitada por mis prejuicios, pero a la vez inquieta por el proyecto. Pero para mi segunda lectura, yo ya no solo era una lectora, era además una lectora-promotora que ya estaba posicionada, esta vez, desde mi amor por la lectura y la relación de este con otras personas. Esto generó un mayor disfrute de los libros al viento que ya conocía y de los que no, como La dicha de la palabra dicha o Pütchi Biyá Ûai. Descubrí, además, que de mi “condición” de lectora-promotora comenzaron a surgir unos nuevos cuestionamientos en mis lecturas: ¿cómo transmitir mi amor por la lectura?, ¿qué herramientas utilizo?, ¿cómo escoger los libros?, ¿cómo transformar desde mi labor?, ¿cómo evocar realidades a través de los libros?
Aquellas y otras inquietudes permitieron que me diera cuenta a través de las conversaciones, los juegos, las lecturas compartidas y las preguntas en mis actividades, de que otros, al igual que yo, tenían prejuicios frente a los libros, lo que Chimamanda Ngozi Adichie llama “historias únicas”, es decir, una sola versión excluyente que surge de los prejuicios que crean discursos hegemónicos, y que no representa la multiplicidad de sujetos y de voces. Escuchaba entonces expresiones frente a la lectura como: “yo no leo bien”, “eso es para los que estudiaron”, “me da pena”, entre muchas más, las cuales develaron para mí el carácter profundamente libertario y transformador de un proyecto como Libro al Viento. Y es que, a través de la apropiación del proyecto que hacen los gestores culturales, los promotores y los bibliotecarios, además de los ciudadanos que abren espacios con Libro al Viento, se promueve la empatía, mientras se lucha contra una serie de prejuicios en torno al libro y la lectura que son suscitados por lógicas sociales que reprimen la posibilidad de que las personas accedan al capital cultural que les permita nutrir su proceso de conformar perspectivas propias.
El viaje por Libro al Viento, que aún no ha terminado, me ha enseñado que la promoción de lectura es un proceso que también surge de posibilitar una atmósfera de confianza en la que la gente pueda compartir sus saberes, disfrutar, aprender, enseñar y construir.
María Alejandra Tamayo Arango
Socióloga, promotora y mediadora de lectura con énfasis en Conflicto Armado Colombiano y magíster en Educación con énfasis en Desarrollo Humano y Valores.
Para la primera edición de Tinta Impresa, como editora invitada elegí el tema central del viaje. El viaje, o los viajes, porque encuentro que la palabra viaje tiene muchas maneras de abordarse: hacemos viajes reales, viajes en el espacio, viajes simbólicos, viajes psíquicos, viajes líricos, viajes literarios, entre otros.
En esa búsqueda pensé en María Teresa Andruetto, o “Tere”, como muchos le decimos, porque creo que su obra, bella y amplia, aborda el viaje de diferentes maneras.
María Teresa es escritora argentina, nació en Córdoba, vive en Córdoba y se ha dedicado a la docencia y a la escritura. Estudió Letras y fue cofundadora del Instituto de Literatura Infantil y Juvenil en Argentina donde fue profesora durante muchos años. Hace unos talleres de escritura maravillosos y además escribe cuentos, novelas; escribe para adultos, escribe para niños y escribe una poesía hermosa que llega al alma. Para mí, Tere es, sobre todo, poeta.
Ha ganado varios premios, entre ellos uno muy importante que nos hizo sentir orgullosos a todos los latinoamericanos: el Premio Hans Christian Andersen de literatura infantil y juvenil, en 2012, que, para los que no lo conocen, es como ganarse el Nobel de los libros para niños y jóvenes.
Nos encontramos con Tere, una tarde, vía Zoom.
Beatriz Helena:.
Tere, revisando tu obra maravillosa, en el tema del viaje, de los viajes, hay un libro emblemático, u003cemu003eStefanou003c/emu003e u003ca href=u0022#BOX:Stefano. Bogotá: Babel Libros, 2008.u0022u003eu003csupu003e1u003c/supu003eu003c/au003e : la travesía de ese joven que viene de Italia hacia América en lo que yo creo que se plantea como el inicio de una historia familiar. Hay muchos viajes en Stefano. Cuéntanos un poco sobre esos viajes.
María Teresa:
Stefano es en su estructura una novela de viaje. Podemos decir que hay muchos modos de viajar; es una novela de viaje en el sentido de que ocurre un poco en barco, un poco en tren, un poco a pie. Pero tiene varios sentidos el viaje aquí, porque es además el viaje de un migrante que sale de un país para buscar su lugar en otro. Y es también el viaje de un niño hacia su condición de hombre, porque cuando Stefano sale es todavía un muchachito, y cuando la novela termina, cuando se detiene en algún lugar —porque él todo el tiempo de la novela va viajando—, cuando finalmente ancla, es fruto del amor. Cuando la novela lo deja, él ya es un hombre, y esa palabra, hombre, es precisamente la última palabra del libro.rnrnY a mí me parece también que Stefano es un viaje desde la madre a la mujer amada, o a la compañera. Todos hacemos ese viaje desde la casa hacia la nueva casa en la que vamos a vivir, con un compañero o compañera, o a veces solos.rnrnY sí, Stefano también tiene mucha marca familiar, porque mi papá era italiano, la familia de mi mamá también. Ella no, ella nació en Argentina, pero mis abuelos maternos habían llegado a América a fines del siglo XIX, eran campesinos pobres italianos que habían venido de un pueblo a otro pueblo, así como llegó la emigración italiana y gallega, inmigración pobre.rnrnMi papá, en cambio, vino después de la Segunda Guerra. La suya era otro tipo de emigración, porque él tenía estudios superiores allá. La suya fue una emigración por una decepción política. Terminada la guerra, él, que había estado en el movimiento partisano, tenía ya veintiocho años cuando llegó al país. Y aunque esa no es ni la edad de Stefano ni la época en que viene Stefano —y solo algunas de las cosas que le pasan al personaje tienen que ver con mi papá y mi mamá—, lo que más tiene que ver con mi familia es el comienzo y el final de esa historia. El comienzo en el sentido de que mi papá contaba que le había prometido a su madre regresar en diez años a Italia, y el final porque de un modo parecido al de la novela fue como se conocieron mi papá y mi mamá.rnrnY aunque yo de chica no viajé mucho, pues vivíamos en el pueblo en una situación económica apretada, y mis viajes fuera del país han sido todos de adulta, ligados a la escritura, invitaciones y demás, yo soy la hija de un viaje, soy la hija de un hombre que hizo un viaje muy largo, como se hacía en esa época.rnrnTodos los años, cuando yo era chica, cada 28 de noviembre —el día en que él había llegado al país, en 1948—, mi papá sacaba un álbum de fotos del viaje y recorría con mi madre el viaje hacia Argentina, que era también un viaje hacia ella.
BH:.
Hay un tema que tú exploras muchísimo que es la memoria, el viaje al pasado. En u003cemu003eLengua madreu003c/emu003e, otro de tus libros, viajamos al pasado a través de los álbumes de fotografía, del recuerdo de la abuela, de la madre u003ca href=u0022#BOX:Lengua madre. Argentina: Literatura Random House, 2010.u0022u003eu003csupu003e2u003c/supu003eu003c/au003e. Cuéntanos un poco de ese viaje a la memoria.
MT:
Antes hago un pequeño desvío: yo creo que hay dos grandes formas de encarar una novela, una es la novela de viaje, que, aunque no siempre cuente un viaje físico —puede ser el viaje de la memoria—, hace parte de esas novelas que hacen un tránsito temporal, y ahí está Lengua madre.rnrnLa otra manera de contar una novela es rodear un punto enigmático, que es lo que yo intenté hacer por ejemplo en u003cemu003eLa mujer en cuestiónu003c/emu003e. Me parece que esas son las dos grandes formas de novelar, y, si se quiere, son geométricas, como una circunferencia o una línea.rnrnu003cemu003eLengua madreu003c/emu003e tiene una línea de tiempo que en la que la escritura va y viene. El lector se mueve entre la abuela, la madre y la hija, tres mujeres que juegan a la partida de naipes de su vida en un contexto que es la dictadura argentina.rnrnY todos estos viajes tienen una base de fondo, que es a su vez otro viaje, el de la búsqueda de identidad, que para mí es muy fuerte: quién es uno, quién es ese personaje, cómo se encuentra consigo, con su pasado. En Lengua madre estamos ante una mujer joven que, para construirse en el presente, necesita ver la historia de su madre y de su abuela, saber en qué se parece a ellas, a las que estuvieron antes, y en qué medida se diferencian.rnrnSe trata de una búsqueda de identidad que es individual, un camino, un viaje que es también social porque soy yo buscándome a mí misma en los personajes; los personajes buscándose a ellos mismos en mis escritos, y así terminamos por ir hacia una búsqueda de identidad social.rnrnEn Argentina somos todavía una sociedad en construcción, entre los pueblos originarios, las grandes camadas inmigratorias, la negación durante tanto tiempo, por ejemplo, de la población negra. Recién ahora se está recuperando ese relato que durante mucho tiempo nos contamos a nosotros mismos acerca de que todo viene de la inmigración. Y aunque es un trabajo que está todavía en proceso en nosotros, es un viaje, también.
BH:.
En u003cemu003eVeladurasu003c/emu003e u003ca href=u0022#BOX:Veladuras. Bogotá: SM, 2009.u0022u003eu003csupu003e3u003c/supu003eu003c/au003e se ve mucho esto que nos dices sobre la búsqueda de la identidad. La construcción de ese personaje que está fragmentado, desbaratado. Es bellísimo cómo vas poniendo las capas, una tras otra, para reconstruirlo.
MT:
u003cemu003eVeladurasu003c/emu003e es un viaje de la protagonista hacia la cultura y la identidad de su padre, de su abuela. Es un viaje al ser, podríamos decir, a lo que ella es o quiere ser. Aunque es también un viaje físico: ella se va para curarse del alma, se va desde la llanura al noroeste, a un lugar muy alejado. En la novela es un lugar casi en el límite con Bolivia. Es un viaje de una cultura a la otra. La protagonista se llama Rosa Mamaní, un apellido aimara de una etnia que habita en el noreste de Argentina y en Bolivia. Rosa tiene una madre de origen inmigrante, gringa —acá no les decimos “gringos” a los norteamericanos, sino a los italianos—. Su madre es de origen inmigrante y su padre es de origen indígena.rnrnEn esa historia hay una elección de irse a otra parte, algo que también es interesante de los viajes. Me parece que los personajes de mis libros eligen trasladarse, irse de un lugar a otro buscando una vida mejor, una vida que a veces logran y a veces no. Una vida mejor que a veces es de orden económico, como Stefano, que sale de Italia para buscar trabajo en la Argentina, y otras veces de orden identitario, como Rosa Mamaní, que viaja para encontrarse con ella misma, con su parte originaria, que es la que ella elige ser.rnrnEn otro libro mío, u003cemu003eEl país de Juanu003c/emu003e u003csupu003eu003ca href=u0022#BOX:El país de Juan. Argentina: Sudamericana, 2018.u0022u003e4u003c/au003eu003c/supu003e, una familia que está en el campo resuelve irse a la ciudad. Los malos gobiernos y las sequías los empobrecen hasta que deciden emigrar. En la ciudad la cosa no va bien y terminan por regresar a su lugar. Y ahora voy a contar algo muy personal: cuando de grande empecé a viajar y vi argentinos que vivían en otros lugares, sobre todo en los países europeos —porque aquí también muchas personas se han ido del país—, yo siempre sentí que uno vive mejor en su propio país, en su propio lugar, y esto tal vez sea porque a mí me parece que a mi papá, a pesar de todo, lo atravesó la tristeza de ese viaje.
BH:.
Tere, yo creo que esa tristeza, esa nostalgia están muy presentes en toda tu obra, todo eso que me cuentas me hace pensar en otro libro tuyo en el que el viaje es una búsqueda afectiva. Hablo de u003cemu003eLa niña, el corazón y la casau003c/emu003e u003ca href=u0022#BOX:La niña, el corazón y la casa. Bogotá: Babel Libros, 2012.u0022u003eu003csupu003e5u003c/supu003eu003c/au003e. Para mí esa es una historia que conecta con tu noción de cómo la literatura permite tejer de otra manera los viajes dolorosos de la vida. Y quiero preguntarte sobre los viajes literarios, sobre cómo para ti el lenguaje es una manera, y la literatura otra, de viajar.
MT:
Bueno, yo me crié en un pueblo pequeño en la llanura, en una familia donde no viajábamos. Cuando yo era niña, la única salida del pueblo era para ir a ver a mis abuelos maternos, que vivían a 70 km. A mis abuelos paternos no los conocí, solo por cartas y fotos, porque vivían en Italia y esa era la salida.rnrnPara entonces no había televisión en el pueblo, mucho menos internet, así que los viajes eran los libros y las historias, y lo que se escuchaba por la radio, y lo que contaba la gente acerca de su vida. Yo fui una niña tempranamente apasionada por los relatos, no solo por los libros que había aquí en casa, porque mis padres eran lectores y eso los diferenciaba en el lugar en que vivíamos. Éramos la única casa del barrio donde había libros; los chicos iban a mi casa a buscar libros para sus deberes. Pero a mí no solo me gustaban los libros, sino también lo que me contaban los adultos. Por ejemplo, teníamos un vecino, un señor ya mayor, como de la edad mía de hoy, y yo me iba hasta la casa de él y a la vuelta él me contaba películas. A él le gustaba el cine y a mí me encantaba, pero solo había un cine en el pueblo. Y aunque íbamos los domingos a la tarde al cine, me encantaba que él me contaba otras películas.rnrnDel catecismo me gustaban las historias bíblicas o las vidas de santos, las de las santas, sobre todo, todas esas historias eran viajes hacia otras personas, hacia otras vidas, hacia otros lugares.rnrnY, claro, la literatura también siempre ha sido un modo de sanar, porque permite, llamémoslo, un sufrimiento o una alegría, que está ahí, pero que no son los de la vida, sino una metáfora de todo eso. Grossman, escritor israelí, dice que los cuentos son el único lugar donde está la herida y su curación, por eso a uno le duelen los personajes, le alegran o los disfruta, y a veces sufre con ellos, pero también en los cuentos está la cura de todo eso.
BH:.
En ese libro maravilloso u003cemu003eHacia una literatura sin adjetivosu003c/emu003e u003ca href=u0022#BOX:Hacia una literatura sin adjetivos. Bogotá: Luna Libros, 2018.u0022u003eu003csupu003e6u003c/supu003eu003c/au003e dices: “porque un libro es un viaje que se hace a partir de capas y capas de escritura, de sucesivas evidencias a la forma para lograr un tono, para buscar un ritmo, para que suene bien, para que se vuelva familiar lo que era extraño, para que se vuelva extraño lo que era familiar, buscando que lo conocido se rompa, se esmerile, se estalle la ruptura que deje ver por debajo algún resplandor de eso que llamamos vida”.
MT:
Porque también escribir es para mí un viaje muy hondo, es un camino de conocimiento, un viaje hacia algo que uno no sabe y que va descubriendo a lo largo de la escritura.rnrnHay un libro mío muy pequeño que no sé si circula en Colombia, titulado u003cemu003eEl árbol de lilasu003c/emu003e u003csupu003eu003ca href=u0022#BOX:El árbol de lilas. Córdoba (Argentina): Comunicarte, 2008.u0022u003e7u003c/au003eu003c/supu003e. Ahí una mujer que pasa de largo frente a un hombre, viaja por el mundo buscándolo, hasta que se da cuenta que era aquel que estaba el comienzo y que ella no pudo verlo. Muchas veces me han dicho —y ahí descubrí que a partir de la lectura de otros también se aprende— que esa historia es como los cuentos tradicionales, pero al revés, porque él es el que espera y ella la que busca y hace un viaje hacia el amor. Acá ella no es princesa, es normal, una mujer común que sale a buscar a quien ella va a amar, a su enamorado, y me parece que eso tiene mucho que ver conmigo. Es un cuento que escribí hace tiempo y yo fui viendo después que en realidad yo he sido así en la vida, he salido yo a buscar las cosas que quería, no he esperado, he tenido esa idea de la vida como un viaje, un desafío, un viaje hacia los trabajos o la escritura, la publicación, el amor. No me he sentado a esperar, sino que he trabajado para eso.
BH:.
Eso se nota. Y quiero tocar un tema que tiene que ver con lo que estás diciendo: tu búsqueda de la voz y el lugar de las mujeres. En tu libro u003cemu003eCaceríau003c/emu003e u003csupu003eu003ca href=u0022#BOX:Cacería. Buenos Aires: Literatura Random House, 2015.u0022u003e8u003c/au003eu003c/supu003e es evidente. El primer cuento de ese libro para mí es magistral. Cuéntanos sobre esa búsqueda tuya, ese viaje por la voz y el lugar de las mujeres.
MT:
Yo tengo una genealogía de mujeres fuertes, pero no fuertes porque anularan el lugar del varón. Mis abuelas, sobre todo de la línea materna, fueron mujeres que tuvieron que ser jefas de hogar por haber tenido a sus maridos enfermos, por viudez temprana, por distintas cuestiones de la vida, y conoces algo ahí en esa fuerza de las mujeres. Luego, yo también tengo una cierta militancia en organizaciones de mujeres; bueno, esa potencia de las mujeres, que es una potencia distinta a la de los varones, tiene mucho que ver con las redes de contención amorosas, de cuidado, de defensa de lo propio y bueno. También tengo dos hijas mujeres, tuve una hermana mujer muy importante para mí, una red de amigas.rnrnTodo eso aparece en las escrituras y también me he enojado con muchas cosas que han sucedido ahora, en la lucha de las mujeres en Argentina, pero también me he enojado con escritores varones que nunca citan a mujeres, y entonces he puesto escritos en los epígrafes, las he citado, las he leído en cantidad.rnrnTrabajo con mi hija y otra mujer en una colección de rescate de narradoras argentinas olvidadas, con una editorial universitaria de aquí, y con ellas hacemos una recuperación de obras de escritoras que ya no están, como parte de la búsqueda de una genealogía de escritoras mujeres.rnrnEl poeta italiano Eugenio Montale dijo que hacen falta muchos hombres para hacer un hombre, yo digo que hacen falta muchas mujeres para hacer una mujer y hacen falta muchas escritoras para hacer a una escritora.
BH:.
Quisiera cerrar con un poema tuyo, porque no podemos dejar a nuestros lectores sin saborear tu poesía:rnu003cblockquoteu003eu003cstrongu003eEntre tus faucesu003c/strongu003ernrnRío de lomo azul donde navegorncon la cabeza otra vez contrarnla orilla, devuélveme el resuellorny el talle que he tenido entre tus fauces;rny esta memoria que se lo come todo,rnllévatela. Aquella niña calandornsandía en el patio y los amargosrngranados abiertos, diamantesrnde azúcar, llévatelos. Llévate tambiénrna ese hombre de cejas espesasrny mirada viva que me ha mirado tanto.rnLlévate los días, y el recuerdornde los días, y la tarde en que se fueron,rny el abrazo. Muchas veces Caronternme pidió que entregara la dádiva,rny yo la di, y los subí a la barca,rny los empujé hacia el aguarnque hace sombra. Vuelve siemprernun camino de cipreses y el crujidornde mis pasos en la arena. Vuelvenrnlos que trazan la huella de los díasrny reclaman: Mira hacia arriba.rnY yo por el cielo, huérfana, buscandornel Caprino, los Gemelos, un recuerdornde agua azul sin alimañas. Mirarnhacia arriba, dicen, y yo en tus faucesrnotra vez, contra la orilla.u003c/blockquoteu003e
MT:
Gracias, Beatriz.
Beatriz Helena Robledo
Escritora, promotora de lectura e investigadora en literatura infantil y en procesos de formación lectora. Ha escrito libros de ficción y biografías.