Libro al viento

Literatura y autopoiesis (Reflexiones desde el Club de lectura agrolecturas y biochismes)

POR Iván Felipe Murcia • 03 septiembre 2025

5 MINUTOS

Tiempos de aislamiento, tiempos de esforzarnos por encontrarnos, vincularnos de múltiples formas y sentir al otro. A su vez, estos son tiempos en los que, la literatura, como la vida misma, busca y encuentra formas para propagarse.

Agrolecturas y BioChismes es el nombre del club de lectura virtual que tiene como fundamento compartir el aislamiento, esto desde el tejido de conversaciones intensas e intimas sobre los saberes huerteros. Allí compartimos con quienes, día a día, valoran el acto de crecer las palabras sobre las plantas, la tierra, el abono, el agua, así como los esfuerzos encontrados en la agricultura urbana y periurbana. No es sencillo hallar el tiempo y espacio para tener la tranquilidad de construir colectivamente escenarios variopintos que rompan el asfalto homogenizaste, pero los azares de las pausas del mundo han proliferado nuevos colores huerteros. 

El color y la vida a veces son perseguidos, señalados e incomprendidos. Las huertas son un tejido de puntos, plantas y palabras que se entrelazan en preguntas que la literatura teje, se hacen nudos fuertes con múltiples historias, poemas, crónicas y cuentos. Las agrolecturas y los biochismes se centran en la naturaleza, nuestra y del todo, uno de los temas más recurrentes: conjuntar la literatura y la agricultura urbana con los pies en los territorios y la mirada en la luna, calendarios alternos que marcan los tiempos de la siembra a la cosecha.

Agrolecturas porque el club ocurre a partir de una relación dinámica con la lectura de textos de la colección Libro al Viento, y también con la lectura de las múltiples formas de reproducción de la vida que propicia la agricultura urbana y periurbana en la ciudad de Bogotá, fortaleciendo la conciencia sobre la organización circular de lo vivo y la vida común.

Biochismes es una categoría que acogemos del colectivo Ambiente Tabanoy, proceso social de San Cristóbal, donde la gente del barrio es convocada a conversar del chisme como tradición oral y donde ese mismo chisme es comprendido como la forma de reproducción y reconocimiento de saberes del otro en espacios no formales. Del chisme a las historias, de esas que se cuentan junto al fogón, donde se invita al tejido común desde lo íntimo, reflexionando lo privado y socializándolo en espacios colectivos. Se trata de que los chismes sobre la vida, sobre la agricultura y los saberes huerteros fluyan y vuelen al igual que los libros. Son entonces múltiples formas de conocer y conocernos en la escritura y en la lectura de los ecosistemas que se cuidan, para reflexionar sobre las diversas realidades y nuestras maneras de habitarlas.

La auto construcción de sí mismo y del otro en colectivo con la literatura nos recuerda que somos seres vivos, sistemas dinámicos y a su vez sujetos lingüísticos, atados a la cultura y al contexto o, en términos biológicos, somos seres autopoiéticos. La autopoiesis es un concepto de los pensadores chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela, quienes en la década de los setenta crearon un nuevo paradigma en las ciencias para comprender la forma de auto producción y creación de los organismos vivos. En su libro De máquinas y seres vivos (1971), Maturana y Varela hablan de tres propiedades que tienen los sistemas autopoiéticos para continuar su reproducción. Estás son: 1) borde semipermeable constituido por componentes moleculares que permiten discriminar entre el interior y el exterior del sistema; 2) interdependencia de una red de reacciones que es regenerada por las condiciones producidas por la existencia de ella misma; y 3) no existe una intervención causal del entorno en el sistema sin que el mismo sistema lo provoque.

El acto de sembrar y de leer es también un acto autopoiético. En la teoría de Maturana y Varela, “todos nos estamos creando en todo lo que hacemos”, y esto aplica si estamos leyendo un libro o en la siembra de otras formas de vida, lo que me hace pensar en el poema “He construido un jardín” de Diana Bellessi: 

He construido un jardín como quien hace los gestos correctos en el lugar errado. Errado, no de error, sino de lugar otro, como hablar con el reflejo del espejo y no con quien se mira en él. He construido un jardín para dialogar ahí, codo a codo en la belleza, con la siempre muda pero activa muerte trabajando en el corazón.

Iván Felipe Murcia
Fotografía Juan Diego Muñoz Vélez
Fotografía Juan Diego Muñoz Vélez
Libro al viento

Un viaje por la promoción y mediación de lectura

POR María Alejandra Tamayo Arango • 20 noviembre 2023

7 minutos

Los viajes pueden ser un sinnúmero de cosas, pero en el fondo todos tienen en común la transformación; se es uno al emprenderlos, otro en el camino y otro al finalizarlos; por ello, se hace tan urgente contarlos, transmitirlos, procesarlos en compañía. Ahora bien, lo dicho no es tarea fácil, ya que existen infinitas maneras: puede hacerse por sensaciones, lugares, personajes, cronologías, entre muchas otras formas. Por mi parte, compartiré mi viaje como promotora de lectura de Libro al Viento a través de retos que plasmaron algunas experiencias significativas para mí.

El primer reto del viaje fue despertar una consciencia respecto a prejuicios que tenía sobre la lectura. Aquí se hace necesario mencionar que tuve el privilegio de pertenecer a una familia conformada por lectores y contadores de historias, que habían hecho de ello no solo un placer, sino también una profesión. En consecuencia, siempre estuve rodeada de libros y me encantaba escuchar y crear historias. No obstante, a medida que fui creciendo, mi perspectiva se fue distorsionando y los libros pasaron a ser la fuente de “verdadero” conocimiento. Fue así como dejé de lado cuentos, novelas, poemas que me habían apasionado y centré mi interés estrictamente en libros académicos, especialmente de Ciencias Sociales. Empecé a desestimar lo que otro tipo de textos podría brindarme, construí un discurso que reducía perspectivas distintas a la mía sobre la lectura.

Viviendo esta “etapa”, estudié en la universidad Sociología motivada por hallar algo que me formara para aportar a la transformación social, que me gustara, que me permitiera trabajar con personas y que me aproximara al área educativa, que siempre me inquietó. Al finalizar la carrera, me vi en la necesidad de conseguir trabajo, y, después de realizar unos talleres sobre la independencia de Colombia en una biblioteca infantil de un colegio, me encontré con la oportunidad de vincularme a Libro al Viento. Recuerdo lo significativo que fue para mí ver las actividades de mis compañeros. Trabajaban con distintas poblaciones a lo largo y ancho de Bogotá en lugares como plazas de mercado, universidades, bibliotecas comunitarias, hospitales y pagadiarios 1, entre otros. Sus actividades desmontaron muchos de mis imaginarios. En primer lugar, el eje de estas no era el libro en sí mismo, más bien aquel era un medio para, a través de variadas estrategias, abrir conversaciones en las que cualquiera podría participar. El libro entonces dejó de ser la única fuente de conocimiento, porque también lo eran las personas y sus vivencias. Igualmente, a partir de esta experiencia recuperé algo que había demeritado: cómo la lectura puede ser una construcción de un intenso sentido colectivo, porque es un diálogo con ideas, sentimientos y saberes expresados por otros que pueden trasladar al lector a mundos y posibilidades nunca planteadas o hacerlo sentir identificado con personajes, situaciones, contextos.

Las siguientes paradas de mi viaje fueron los títulos de Libro al Viento. Hubo varios que ya conocía gracias a actividades del proyecto en parques, lanzamientos en ferias del libro de Bogotá y su presencia en casas de familiares. Recuerdo especialmente Versiones del Bogotazo y Bogotá contada. Mi primera lectura de los títulos de esta colección fue, desde una perspectiva individual, limitada por mis prejuicios, pero a la vez inquieta por el proyecto. Pero para mi segunda lectura, yo ya no solo era una lectora, era además una lectora-promotora que ya estaba posicionada, esta vez, desde mi amor por la lectura y la relación de este con otras personas. Esto generó un mayor disfrute de los libros al viento que ya conocía y de los que no, como La dicha de la palabra dicha o Pütchi Biyá Ûai. Descubrí, además, que de mi “condición” de lectora-promotora comenzaron a surgir unos nuevos cuestionamientos en mis lecturas: ¿cómo transmitir mi amor por la lectura?, ¿qué herramientas utilizo?, ¿cómo escoger los libros?, ¿cómo transformar desde mi labor?, ¿cómo evocar realidades a través de los libros?

Aquellas y otras inquietudes permitieron que me diera cuenta a través de las conversaciones, los juegos, las lecturas compartidas y las preguntas en mis actividades, de que otros, al igual que yo, tenían prejuicios frente a los libros, lo que Chimamanda Ngozi Adichie llama “historias únicas”, es decir, una sola versión excluyente que surge de los prejuicios que crean discursos hegemónicos, y que no representa la multiplicidad de sujetos y de voces. Escuchaba entonces expresiones frente a la lectura como: “yo no leo bien”, “eso es para los que estudiaron”, “me da pena”, entre muchas más, las cuales develaron para mí el carácter profundamente libertario y transformador de un proyecto como Libro al Viento. Y es que, a través de la apropiación del proyecto que hacen los gestores culturales, los promotores y los bibliotecarios, además de los ciudadanos que abren espacios con Libro al Viento, se promueve la empatía, mientras se lucha contra una serie de prejuicios en torno al libro y la lectura que son suscitados por lógicas sociales que reprimen la posibilidad de que las personas accedan al capital cultural que les permita nutrir su proceso de conformar perspectivas propias.

El viaje por Libro al Viento, que aún no ha terminado, me ha enseñado que la promoción de lectura es un proceso que también surge de posibilitar una atmósfera de confianza en la que la gente pueda compartir sus saberes, disfrutar, aprender, enseñar y construir.

María Alejandra Tamayo Arango

Socióloga, promotora y mediadora de lectura con énfasis en Conflicto Armado Colombiano y magíster en Educación con énfasis en Desarrollo Humano y Valores.