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Fotografía Juan Diego Muñoz Vélez
Fotografía Juan Diego Muñoz Vélez
Libro al viento

Un viaje por la promoción y mediación de lectura

POR María Alejandra Tamayo Arango • 20 noviembre 2023

7 minutos

Los viajes pueden ser un sinnúmero de cosas, pero en el fondo todos tienen en común la transformación; se es uno al emprenderlos, otro en el camino y otro al finalizarlos; por ello, se hace tan urgente contarlos, transmitirlos, procesarlos en compañía. Ahora bien, lo dicho no es tarea fácil, ya que existen infinitas maneras: puede hacerse por sensaciones, lugares, personajes, cronologías, entre muchas otras formas. Por mi parte, compartiré mi viaje como promotora de lectura de Libro al Viento a través de retos que plasmaron algunas experiencias significativas para mí.

El primer reto del viaje fue despertar una consciencia respecto a prejuicios que tenía sobre la lectura. Aquí se hace necesario mencionar que tuve el privilegio de pertenecer a una familia conformada por lectores y contadores de historias, que habían hecho de ello no solo un placer, sino también una profesión. En consecuencia, siempre estuve rodeada de libros y me encantaba escuchar y crear historias. No obstante, a medida que fui creciendo, mi perspectiva se fue distorsionando y los libros pasaron a ser la fuente de “verdadero” conocimiento. Fue así como dejé de lado cuentos, novelas, poemas que me habían apasionado y centré mi interés estrictamente en libros académicos, especialmente de Ciencias Sociales. Empecé a desestimar lo que otro tipo de textos podría brindarme, construí un discurso que reducía perspectivas distintas a la mía sobre la lectura.

Viviendo esta “etapa”, estudié en la universidad Sociología motivada por hallar algo que me formara para aportar a la transformación social, que me gustara, que me permitiera trabajar con personas y que me aproximara al área educativa, que siempre me inquietó. Al finalizar la carrera, me vi en la necesidad de conseguir trabajo, y, después de realizar unos talleres sobre la independencia de Colombia en una biblioteca infantil de un colegio, me encontré con la oportunidad de vincularme a Libro al Viento. Recuerdo lo significativo que fue para mí ver las actividades de mis compañeros. Trabajaban con distintas poblaciones a lo largo y ancho de Bogotá en lugares como plazas de mercado, universidades, bibliotecas comunitarias, hospitales y pagadiarios 1, entre otros. Sus actividades desmontaron muchos de mis imaginarios. En primer lugar, el eje de estas no era el libro en sí mismo, más bien aquel era un medio para, a través de variadas estrategias, abrir conversaciones en las que cualquiera podría participar. El libro entonces dejó de ser la única fuente de conocimiento, porque también lo eran las personas y sus vivencias. Igualmente, a partir de esta experiencia recuperé algo que había demeritado: cómo la lectura puede ser una construcción de un intenso sentido colectivo, porque es un diálogo con ideas, sentimientos y saberes expresados por otros que pueden trasladar al lector a mundos y posibilidades nunca planteadas o hacerlo sentir identificado con personajes, situaciones, contextos.

Las siguientes paradas de mi viaje fueron los títulos de Libro al Viento. Hubo varios que ya conocía gracias a actividades del proyecto en parques, lanzamientos en ferias del libro de Bogotá y su presencia en casas de familiares. Recuerdo especialmente Versiones del Bogotazo y Bogotá contada. Mi primera lectura de los títulos de esta colección fue, desde una perspectiva individual, limitada por mis prejuicios, pero a la vez inquieta por el proyecto. Pero para mi segunda lectura, yo ya no solo era una lectora, era además una lectora-promotora que ya estaba posicionada, esta vez, desde mi amor por la lectura y la relación de este con otras personas. Esto generó un mayor disfrute de los libros al viento que ya conocía y de los que no, como La dicha de la palabra dicha o Pütchi Biyá Ûai. Descubrí, además, que de mi “condición” de lectora-promotora comenzaron a surgir unos nuevos cuestionamientos en mis lecturas: ¿cómo transmitir mi amor por la lectura?, ¿qué herramientas utilizo?, ¿cómo escoger los libros?, ¿cómo transformar desde mi labor?, ¿cómo evocar realidades a través de los libros?

Aquellas y otras inquietudes permitieron que me diera cuenta a través de las conversaciones, los juegos, las lecturas compartidas y las preguntas en mis actividades, de que otros, al igual que yo, tenían prejuicios frente a los libros, lo que Chimamanda Ngozi Adichie llama “historias únicas”, es decir, una sola versión excluyente que surge de los prejuicios que crean discursos hegemónicos, y que no representa la multiplicidad de sujetos y de voces. Escuchaba entonces expresiones frente a la lectura como: “yo no leo bien”, “eso es para los que estudiaron”, “me da pena”, entre muchas más, las cuales develaron para mí el carácter profundamente libertario y transformador de un proyecto como Libro al Viento. Y es que, a través de la apropiación del proyecto que hacen los gestores culturales, los promotores y los bibliotecarios, además de los ciudadanos que abren espacios con Libro al Viento, se promueve la empatía, mientras se lucha contra una serie de prejuicios en torno al libro y la lectura que son suscitados por lógicas sociales que reprimen la posibilidad de que las personas accedan al capital cultural que les permita nutrir su proceso de conformar perspectivas propias.

El viaje por Libro al Viento, que aún no ha terminado, me ha enseñado que la promoción de lectura es un proceso que también surge de posibilitar una atmósfera de confianza en la que la gente pueda compartir sus saberes, disfrutar, aprender, enseñar y construir.

María Alejandra Tamayo Arango

Socióloga, promotora y mediadora de lectura con énfasis en Conflicto Armado Colombiano y magíster en Educación con énfasis en Desarrollo Humano y Valores.

MaTeresaAndruetto
MaTeresaAndruetto
Entrevista

Soy la hija de un viaje

POR Beatriz Helena Robledo • 20 noviembre 2023

20 MINUTOS

Para la primera edición de Tinta Impresa, como editora invitada elegí el tema central del viaje. El viaje, o los viajes, porque encuentro que la palabra viaje tiene muchas maneras de abordarse: hacemos viajes reales, viajes en el espacio, viajes simbólicos, viajes psíquicos, viajes líricos, viajes literarios, entre otros.

En esa búsqueda pensé en María Teresa Andruetto, o “Tere”, como muchos le decimos, porque creo que su obra, bella y amplia, aborda el viaje de diferentes maneras.

María Teresa es escritora argentina, nació en Córdoba, vive en Córdoba y se ha dedicado a la docencia y a la escritura. Estudió Letras y fue cofundadora del Instituto de Literatura Infantil y Juvenil en Argentina donde fue profesora durante muchos años. Hace unos talleres de escritura maravillosos y además escribe cuentos, novelas; escribe para adultos, escribe para niños y escribe una poesía hermosa que llega al alma. Para mí, Tere es, sobre todo, poeta.

Ha ganado varios premios, entre ellos uno muy importante que nos hizo sentir orgullosos a todos los latinoamericanos: el Premio Hans Christian Andersen de literatura infantil y juvenil, en 2012, que, para los que no lo conocen, es como ganarse el Nobel de los libros para niños y jóvenes.

Nos encontramos con Tere, una tarde, vía Zoom.

Beatriz Helena:.

Tere, revisando tu obra maravillosa, en el tema del viaje, de los viajes, hay un libro emblemático, u003cemu003eStefanou003c/emu003e u003ca href=u0022#BOX:Stefano. Bogotá: Babel Libros, 2008.u0022u003eu003csupu003e1u003c/supu003eu003c/au003e : la travesía de ese joven que viene de Italia hacia América en lo que yo creo que se plantea como el inicio de una historia familiar. Hay muchos viajes en Stefano. Cuéntanos un poco sobre esos viajes.

María Teresa:

Stefano es en su estructura una novela de viaje. Podemos decir que hay muchos modos de viajar; es una novela de viaje en el sentido de que ocurre un poco en barco, un poco en tren, un poco a pie. Pero tiene varios sentidos el viaje aquí, porque es además el viaje de un migrante que sale de un país para buscar su lugar en otro. Y es también el viaje de un niño hacia su condición de hombre, porque cuando Stefano sale es todavía un muchachito, y cuando la novela termina, cuando se detiene en algún lugar —porque él todo el tiempo de la novela va viajando—, cuando finalmente ancla, es fruto del amor. Cuando la novela lo deja, él ya es un hombre, y esa palabra, hombre, es precisamente la última palabra del libro.rnrnY a mí me parece también que Stefano es un viaje desde la madre a la mujer amada, o a la compañera. Todos hacemos ese viaje desde la casa hacia la nueva casa en la que vamos a vivir, con un compañero o compañera, o a veces solos.rnrnY sí, Stefano también tiene mucha marca familiar, porque mi papá era italiano, la familia de mi mamá también. Ella no, ella nació en Argentina, pero mis abuelos maternos habían llegado a América a fines del siglo XIX, eran campesinos pobres italianos que habían venido de un pueblo a otro pueblo, así como llegó la emigración italiana y gallega, inmigración pobre.rnrnMi papá, en cambio, vino después de la Segunda Guerra. La suya era otro tipo de emigración, porque él tenía estudios superiores allá. La suya fue una emigración por una decepción política. Terminada la guerra, él, que había estado en el movimiento partisano, tenía ya veintiocho años cuando llegó al país. Y aunque esa no es ni la edad de Stefano ni la época en que viene Stefano —y solo algunas de las cosas que le pasan al personaje tienen que ver con mi papá y mi mamá—, lo que más tiene que ver con mi familia es el comienzo y el final de esa historia. El comienzo en el sentido de que mi papá contaba que le había prometido a su madre regresar en diez años a Italia, y el final porque de un modo parecido al de la novela fue como se conocieron mi papá y mi mamá.rnrnY aunque yo de chica no viajé mucho, pues vivíamos en el pueblo en una situación económica apretada, y mis viajes fuera del país han sido todos de adulta, ligados a la escritura, invitaciones y demás, yo soy la hija de un viaje, soy la hija de un hombre que hizo un viaje muy largo, como se hacía en esa época.rnrnTodos los años, cuando yo era chica, cada 28 de noviembre —el día en que él había llegado al país, en 1948—, mi papá sacaba un álbum de fotos del viaje y recorría con mi madre el viaje hacia Argentina, que era también un viaje hacia ella.

BH:.

Hay un tema que tú exploras muchísimo que es la memoria, el viaje al pasado. En u003cemu003eLengua madreu003c/emu003e, otro de tus libros, viajamos al pasado a través de los álbumes de fotografía, del recuerdo de la abuela, de la madre u003ca href=u0022#BOX:Lengua madre. Argentina: Literatura Random House, 2010.u0022u003eu003csupu003e2u003c/supu003eu003c/au003e. Cuéntanos un poco de ese viaje a la memoria.

MT:

Antes hago un pequeño desvío: yo creo que hay dos grandes formas de encarar una novela, una es la novela de viaje, que, aunque no siempre cuente un viaje físico —puede ser el viaje de la memoria—, hace parte de esas novelas que hacen un tránsito temporal, y ahí está Lengua madre.rnrnLa otra manera de contar una novela es rodear un punto enigmático, que es lo que yo intenté hacer por ejemplo en u003cemu003eLa mujer en cuestiónu003c/emu003e. Me parece que esas son las dos grandes formas de novelar, y, si se quiere, son geométricas, como una circunferencia o una línea.rnrnu003cemu003eLengua madreu003c/emu003e tiene una línea de tiempo que en la que la escritura va y viene. El lector se mueve entre la abuela, la madre y la hija, tres mujeres que juegan a la partida de naipes de su vida en un contexto que es la dictadura argentina.rnrnY todos estos viajes tienen una base de fondo, que es a su vez otro viaje, el de la búsqueda de identidad, que para mí es muy fuerte: quién es uno, quién es ese personaje, cómo se encuentra consigo, con su pasado. En Lengua madre estamos ante una mujer joven que, para construirse en el presente, necesita ver la historia de su madre y de su abuela, saber en qué se parece a ellas, a las que estuvieron antes, y en qué medida se diferencian.rnrnSe trata de una búsqueda de identidad que es individual, un camino, un viaje que es también social porque soy yo buscándome a mí misma en los personajes; los personajes buscándose a ellos mismos en mis escritos, y así terminamos por ir hacia una búsqueda de identidad social.rnrnEn Argentina somos todavía una sociedad en construcción, entre los pueblos originarios, las grandes camadas inmigratorias, la negación durante tanto tiempo, por ejemplo, de la población negra. Recién ahora se está recuperando ese relato que durante mucho tiempo nos contamos a nosotros mismos acerca de que todo viene de la inmigración. Y aunque es un trabajo que está todavía en proceso en nosotros, es un viaje, también.

BH:.

En u003cemu003eVeladurasu003c/emu003e u003ca href=u0022#BOX:Veladuras. Bogotá: SM, 2009.u0022u003eu003csupu003e3u003c/supu003eu003c/au003e se ve mucho esto que nos dices sobre la búsqueda de la identidad. La construcción de ese personaje que está fragmentado, desbaratado. Es bellísimo cómo vas poniendo las capas, una tras otra, para reconstruirlo.

MT:

u003cemu003eVeladurasu003c/emu003e es un viaje de la protagonista hacia la cultura y la identidad de su padre, de su abuela. Es un viaje al ser, podríamos decir, a lo que ella es o quiere ser. Aunque es también un viaje físico: ella se va para curarse del alma, se va desde la llanura al noroeste, a un lugar muy alejado. En la novela es un lugar casi en el límite con Bolivia. Es un viaje de una cultura a la otra. La protagonista se llama Rosa Mamaní, un apellido aimara de una etnia que habita en el noreste de Argentina y en Bolivia. Rosa tiene una madre de origen inmigrante, gringa —acá no les decimos “gringos” a los norteamericanos, sino a los italianos—. Su madre es de origen inmigrante y su padre es de origen indígena.rnrnEn esa historia hay una elección de irse a otra parte, algo que también es interesante de los viajes. Me parece que los personajes de mis libros eligen trasladarse, irse de un lugar a otro buscando una vida mejor, una vida que a veces logran y a veces no. Una vida mejor que a veces es de orden económico, como Stefano, que sale de Italia para buscar trabajo en la Argentina, y otras veces de orden identitario, como Rosa Mamaní, que viaja para encontrarse con ella misma, con su parte originaria, que es la que ella elige ser.rnrnEn otro libro mío, u003cemu003eEl país de Juanu003c/emu003e u003csupu003eu003ca href=u0022#BOX:El país de Juan. Argentina: Sudamericana, 2018.u0022u003e4u003c/au003eu003c/supu003e, una familia que está en el campo resuelve irse a la ciudad. Los malos gobiernos y las sequías los empobrecen hasta que deciden emigrar. En la ciudad la cosa no va bien y terminan por regresar a su lugar. Y ahora voy a contar algo muy personal: cuando de grande empecé a viajar y vi argentinos que vivían en otros lugares, sobre todo en los países europeos —porque aquí también muchas personas se han ido del país—, yo siempre sentí que uno vive mejor en su propio país, en su propio lugar, y esto tal vez sea porque a mí me parece que a mi papá, a pesar de todo, lo atravesó la tristeza de ese viaje.

BH:.

Tere, yo creo que esa tristeza, esa nostalgia están muy presentes en toda tu obra, todo eso que me cuentas me hace pensar en otro libro tuyo en el que el viaje es una búsqueda afectiva. Hablo de u003cemu003eLa niña, el corazón y la casau003c/emu003e u003ca href=u0022#BOX:La niña, el corazón y la casa. Bogotá: Babel Libros, 2012.u0022u003eu003csupu003e5u003c/supu003eu003c/au003e. Para mí esa es una historia que conecta con tu noción de cómo la literatura permite tejer de otra manera los viajes dolorosos de la vida. Y quiero preguntarte sobre los viajes literarios, sobre cómo para ti el lenguaje es una manera, y la literatura otra, de viajar.

MT:

Bueno, yo me crié en un pueblo pequeño en la llanura, en una familia donde no viajábamos. Cuando yo era niña, la única salida del pueblo era para ir a ver a mis abuelos maternos, que vivían a 70 km. A mis abuelos paternos no los conocí, solo por cartas y fotos, porque vivían en Italia y esa era la salida.rnrnPara entonces no había televisión en el pueblo, mucho menos internet, así que los viajes eran los libros y las historias, y lo que se escuchaba por la radio, y lo que contaba la gente acerca de su vida. Yo fui una niña tempranamente apasionada por los relatos, no solo por los libros que había aquí en casa, porque mis padres eran lectores y eso los diferenciaba en el lugar en que vivíamos. Éramos la única casa del barrio donde había libros; los chicos iban a mi casa a buscar libros para sus deberes. Pero a mí no solo me gustaban los libros, sino también lo que me contaban los adultos. Por ejemplo, teníamos un vecino, un señor ya mayor, como de la edad mía de hoy, y yo me iba hasta la casa de él y a la vuelta él me contaba películas. A él le gustaba el cine y a mí me encantaba, pero solo había un cine en el pueblo. Y aunque íbamos los domingos a la tarde al cine, me encantaba que él me contaba otras películas.rnrnDel catecismo me gustaban las historias bíblicas o las vidas de santos, las de las santas, sobre todo, todas esas historias eran viajes hacia otras personas, hacia otras vidas, hacia otros lugares.rnrnY, claro, la literatura también siempre ha sido un modo de sanar, porque permite, llamémoslo, un sufrimiento o una alegría, que está ahí, pero que no son los de la vida, sino una metáfora de todo eso. Grossman, escritor israelí, dice que los cuentos son el único lugar donde está la herida y su curación, por eso a uno le duelen los personajes, le alegran o los disfruta, y a veces sufre con ellos, pero también en los cuentos está la cura de todo eso.

BH:.

En ese libro maravilloso u003cemu003eHacia una literatura sin adjetivosu003c/emu003e u003ca href=u0022#BOX:Hacia una literatura sin adjetivos. Bogotá: Luna Libros, 2018.u0022u003eu003csupu003e6u003c/supu003eu003c/au003e dices: “porque un libro es un viaje que se hace a partir de capas y capas de escritura, de sucesivas evidencias a la forma para lograr un tono, para buscar un ritmo, para que suene bien, para que se vuelva familiar lo que era extraño, para que se vuelva extraño lo que era familiar, buscando que lo conocido se rompa, se esmerile, se estalle la ruptura que deje ver por debajo algún resplandor de eso que llamamos vida”.

MT:

Porque también escribir es para mí un viaje muy hondo, es un camino de conocimiento, un viaje hacia algo que uno no sabe y que va descubriendo a lo largo de la escritura.rnrnHay un libro mío muy pequeño que no sé si circula en Colombia, titulado u003cemu003eEl árbol de lilasu003c/emu003e u003csupu003eu003ca href=u0022#BOX:El árbol de lilas. Córdoba (Argentina): Comunicarte, 2008.u0022u003e7u003c/au003eu003c/supu003e. Ahí una mujer que pasa de largo frente a un hombre, viaja por el mundo buscándolo, hasta que se da cuenta que era aquel que estaba el comienzo y que ella no pudo verlo. Muchas veces me han dicho —y ahí descubrí que a partir de la lectura de otros también se aprende— que esa historia es como los cuentos tradicionales, pero al revés, porque él es el que espera y ella la que busca y hace un viaje hacia el amor. Acá ella no es princesa, es normal, una mujer común que sale a buscar a quien ella va a amar, a su enamorado, y me parece que eso tiene mucho que ver conmigo. Es un cuento que escribí hace tiempo y yo fui viendo después que en realidad yo he sido así en la vida, he salido yo a buscar las cosas que quería, no he esperado, he tenido esa idea de la vida como un viaje, un desafío, un viaje hacia los trabajos o la escritura, la publicación, el amor. No me he sentado a esperar, sino que he trabajado para eso.

BH:.

Eso se nota. Y quiero tocar un tema que tiene que ver con lo que estás diciendo: tu búsqueda de la voz y el lugar de las mujeres. En tu libro u003cemu003eCaceríau003c/emu003e u003csupu003eu003ca href=u0022#BOX:Cacería. Buenos Aires: Literatura Random House, 2015.u0022u003e8u003c/au003eu003c/supu003e es evidente. El primer cuento de ese libro para mí es magistral. Cuéntanos sobre esa búsqueda tuya, ese viaje por la voz y el lugar de las mujeres.

MT:

Yo tengo una genealogía de mujeres fuertes, pero no fuertes porque anularan el lugar del varón. Mis abuelas, sobre todo de la línea materna, fueron mujeres que tuvieron que ser jefas de hogar por haber tenido a sus maridos enfermos, por viudez temprana, por distintas cuestiones de la vida, y conoces algo ahí en esa fuerza de las mujeres. Luego, yo también tengo una cierta militancia en organizaciones de mujeres; bueno, esa potencia de las mujeres, que es una potencia distinta a la de los varones, tiene mucho que ver con las redes de contención amorosas, de cuidado, de defensa de lo propio y bueno. También tengo dos hijas mujeres, tuve una hermana mujer muy importante para mí, una red de amigas.rnrnTodo eso aparece en las escrituras y también me he enojado con muchas cosas que han sucedido ahora, en la lucha de las mujeres en Argentina, pero también me he enojado con escritores varones que nunca citan a mujeres, y entonces he puesto escritos en los epígrafes, las he citado, las he leído en cantidad.rnrnTrabajo con mi hija y otra mujer en una colección de rescate de narradoras argentinas olvidadas, con una editorial universitaria de aquí, y con ellas hacemos una recuperación de obras de escritoras que ya no están, como parte de la búsqueda de una genealogía de escritoras mujeres.rnrnEl poeta italiano Eugenio Montale dijo que hacen falta muchos hombres para hacer un hombre, yo digo que hacen falta muchas mujeres para hacer una mujer y hacen falta muchas escritoras para hacer a una escritora.

BH:.

Quisiera cerrar con un poema tuyo, porque no podemos dejar a nuestros lectores sin saborear tu poesía:rnu003cblockquoteu003eu003cstrongu003eEntre tus faucesu003c/strongu003ernrnRío de lomo azul donde navegorncon la cabeza otra vez contrarnla orilla, devuélveme el resuellorny el talle que he tenido entre tus fauces;rny esta memoria que se lo come todo,rnllévatela. Aquella niña calandornsandía en el patio y los amargosrngranados abiertos, diamantesrnde azúcar, llévatelos. Llévate tambiénrna ese hombre de cejas espesasrny mirada viva que me ha mirado tanto.rnLlévate los días, y el recuerdornde los días, y la tarde en que se fueron,rny el abrazo. Muchas veces Caronternme pidió que entregara la dádiva,rny yo la di, y los subí a la barca,rny los empujé hacia el aguarnque hace sombra. Vuelve siemprernun camino de cipreses y el crujidornde mis pasos en la arena. Vuelvenrnlos que trazan la huella de los díasrny reclaman: Mira hacia arriba.rnY yo por el cielo, huérfana, buscandornel Caprino, los Gemelos, un recuerdornde agua azul sin alimañas. Mirarnhacia arriba, dicen, y yo en tus faucesrnotra vez, contra la orilla.u003c/blockquoteu003e

MT:

Gracias, Beatriz.

 beatriz helena robledo
Beatriz Helena Robledo

Escritora, promotora de lectura e investigadora en literatura infantil y en procesos de formación lectora. Ha escrito libros de ficción y biografías.

Arte por Felix Vallotton
Arte por Felix Vallotton
Leer las imágenes

Un viaje poético por las imágenes

POR Ramón Cote • 17 junio 2022

15 MINUTOS

El mundo de Cristina · Andrew Wyeth

El mundo de Cristina. Andrew Wyeth

Es poco lo que sabemos de ti: que tu provincia se reduce a una casa de madera y a un granero situados en lo alto de una colina, que en los veranos tienes por costumbre contemplarlos a tres pájaros de distancia, apoyando tus brazos sobre la tierra como un templo al que se le hubieran torcido las columnas de los extremos, que allí, entre los tallos de trigo, no te visitan ángeles sino cientos de saltamontes, que tienes polio y que te llamas Cristina.

Si estos datos parecen suficientes, entonces por qué nos equivocamos durante tantos años creyendo que el día en que nos dejaras ver el color de tus ojos revelaríamos tu misterio, en lugar de pensar que las contadas cosas que miras detenidamente levantando la cabeza como una corza en la colina te bastan de sobra para vivir.

Comentario

¿Cómo convertir una imagen en una palabra? Quizás sea la primera pregunta que se hace al momento de escribir sobre un cuadro o sobre una pieza artística. Para contestarla habría que decir que son tantos los elementos que se acumulan por lo que la imagen comunica como también por lo que se tiene que decir de ella. La organización, la claridad y la emoción son indispensables para crear una écfrasis efectiva que logre captar el cuadro y a su vez dar una visión personal de este. En el caso de El mundo de Cristina, el problema era darles una sucesión a los acontecimientos y lograr encerrar en el poema tanto la imagen de la protagonista como el misterio, el gran misterio del título del cuadro. El estilo hiperrealista de la imagen me obligaba de alguna manera a nombrar con sutileza cada detalle: el trigo, los brazos arqueados, la forma de la cabeza alzada, así como lograr ese encanto atmosférico en el que se encuentra la protagonista. Por otra parte, estaba la figura principal, que nos niega el rostro pero que su conjunto, su participación en el espacio, como una sirena varada en un campo, nos invita por su movimiento a ver lo que ella misma está viendo, a compartir su propia visión, a ver su propio mundo, tan limitado, pero tan infinito a la vez.

La niña del balón · Félix Vallotton

La niña del balón. Félix Vallotton

A esa edad y con ese cielo y en ese jardín donde los árboles susurran de rama en rama el secreto del verano y su fragancia, una niña ha venido lanzando hacia lo alto un balón sabiendo que tres pasos más adelante lo volverá a atrapar entre sus brazos, porque a esa edad el cielo y los árboles y el aire le pertenecen y todas esas cosas que la rodean, como una ráfaga de golondrinas, la consideran como una de las suyas.

Fugada de las horas, bajo su sombrero de paja la niña persigue la trayectoria del balón, pasando su mirada una y otra vez de los árboles al resplandor del sol y del sol a la suavidad de la arena y de la arena a las nubes del atardecer y del atardecer al reposo del sueño, hasta llegar nuevamente a esta mañana de verano donde continúa corriendo en la estación que no parece tener término.

El pintor que desde un tercer piso la observa no puede asegurar si la niña verdaderamente está jugando a perseguir un balón, o si lo que está viendo es un espejismo que ha logrado escaparse de alguno de sus sueños.

Comentario

El cuadro visto desde arriba y en diagonal planteaba para el pintor un problema de perspectiva bastante complejo, como si estuviera desde el balcón de un segundo piso mirando a una niña que juega con un balón. Ese mismo ángulo también me planteaba el problema de cómo abarcar esa situación con palabras, pues lo que se advierte es la intimidad de una escena sencilla, solitaria y enormemente feliz. Por eso lo asocié a los recuerdos de vacaciones de mi infancia donde el tiempo parecía que no tiene fin, pues los días se sucedían uno detrás del otro sin ninguna interrupción. De manera que uní esa levedad del verano de la niña con esas imágenes de las vacaciones donde el tiempo parecía estar eternamente suspendido. La sombra de los árboles, las figuras al fondo, con ese sol imperante, también obligaban a nombrarlo, a hacerlos patentes en el poema, con lo cual esa condición espacial fue necesaria para describir lo que se ve y añadir lo que la propia imagen me proponía: intimidad, continuidad, levedad, inocencia. Además, viéndolo muchas veces llegué a la conclusión de que quizás fuera el propio pintor quien estuviera soñando con su propia infancia. Por eso lo cerré con una variante de esa ambigüedad que le gustaba tanto a Borges del filósofo chino Chuang Tzu: “Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu”.

Night Windows · Edward Hopper

Night Windows. Edward Hopper

A media noche,
una luz encendida en lo alto
de un edificio
es un imperio.
La orfandad de ese involuntario
faro
es una solitaria prueba de la vida.

Comentario

Hopper es un pintor que se presta para inventar historias. Y este cuadro no es la excepción, pues lo que se ve es a una mujer, en una noche de verano, preparando su ropa para el día siguiente, o una mujer que se agacha a responder una llamada telefónica, o una mujer que de repente se inclina para ponerse un arete porque pronto va a salir, o a una mujer que está hablando con un niño pequeño que está detrás del muro. Y así sucesivamente. Ante tal cantidad de suposiciones, me incliné por una que siempre me llamó la atención y consiste en trasladar al poema la intriga que supone ver una luz encendida en un edificio a altas horas de la noche. Un misterio que se presta, por supuesto, a seguir con el carrusel de las suposiciones infinitas. Por eso lo dejé así de breve, con pocas palabras, escueto, casi como si fuera el esqueleto de un poema, para que encerrara todo su enigma, para no tocarlo sino para apenas sugerirlo. Fue, sin quererlo, una de las primeras écfrasis que escribí y sin saberlo iría a formar parte de Colección privada, el libro que reúne más de cuarenta poemas sobre cuadros que van desde el renacimiento y que culmina con el pintor colombiano Juan Cárdenas.

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Ramón Cote

Historiador del arte de la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado más de ocho libros de poemas, siendo el más reciente Temporal, que reúne la totalidad de su obra poética. Ha sido distinguido con el III Premio Casa de América de Poesía (2003), el Premio Unicaja de Poesía (2009) y el Premio Internacional de Poesía Fuente Vaqueros (2021).